Mentiras

Mentiras

Emma jugaba en el patio mientras fue testigo de cómo su abuela agujereaba una camisa y la tiraba entre unas ramas. El suceso captó su atención, aunque no le dio mayor importancia. La abuela en cambio estaba tan concentrada en la tarea que ni se percató de su presencia. Pasado un rato Emma se fue junto a su madre que tomaba mate, en el frente, acompañada por algunos familiares y la abuela. Llegó con su muñeca, se tiró a sus pies y permaneció allí, hasta que la calma fuera interrumpida por el tío Julio quien no paraba de gritar mientras sacudía un trapo entre sus manos:

       —Esta vez lo regalo y ninguno de ustedes puede defenderlo ¡se va!

Nadie entendía nada, con excepción de la abuela, claro.

—¿Qué pasó? Preguntó su hermana molesta por el escándalo.

—El perro arrancó de la cuerda mi camisa y la agujero toda, no sé en dónde tenía la cabeza cuando lo traje, mamá tenías razón, — dijo mirando a la abuela.

Ella permanecía con cara de asombro como si aquel episodio la tomara por sorpresa.

— Yo te dije que ese perro era solo para problemas —añadió con la única intención de poner más leña en la hoguera.

Sin embargo, para sorpresa de todos, fue silenciada por una vocecita que sin dudarlo exclamó:

—No fue el perro, fue la abuela quién rompió la camisa yo la vi —dijo muy segura Emma.

—Qué mocosa tan insolente ¿Por qué haría algo así? —saltó de inmediato la vieja hipócrita.

—Sí, fue ella mamá yo la vi, fue ella, no fue Sultán.

La abuela se mantuvo en silencio sosteniendo una mirada inquisidora hacía su hija con el único fin de presionarla a que tomara alguna represalia en contra de la niña. Emma no se callaba:

—Yo la vi mamá fue la abuela no fue Sultán, ¡por favor, tío no te lo lleves!

El clima se ponía más tenso todos, sin excepción, miraban a la mamá de la pequeña con la misma intención que la abuela, callarla de una buena vez porque dejaba en evidencia la crueldad familiar.

Ante tanta presión no hubo lugar para dudas, la chiquilla debía comprender que hay jerarquías que se respetan, aunque se esté cometiendo una injusticia.

La mamá de Emma sintió el abuso de aquel acto en todo su ser, recordó todas las veces que había sido callada, sabía que su hija no mentía conocía muy bien a su madre y a su familia, pero el mandato fue más fuerte y en un acto de total cobardía tomó a Emma de los cabellos y la jalo con fuerza.

—No seas mentirosa, la abuela no miente; es muy feo lo que insinúas.

Emma abrazó a su muñeca y comenzó a llorar, seguramente le dolía el alma, no por el jalón de pelos sino porque había sido abandonada por la única persona que podía y debía defenderla. Siendo testigo, una vez más, de la crueldad de una familia que sangraba por su herida ancestral abierta.

Gabriela Motta
Montevideo.
24/01/20
Fotografía: Pixabay

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Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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