Era un día normal en la estancia la Esperanza, don Juan separaba como todos los viernes los animales que serían llevados al matadero. El camión que transportaba el ganado estaba retrasado, cosa que molestaba bastante a don Juan porque sucedía muy a menudo.
—Siempre igual nos dicen que vienen a una hora y aparecen cuando ellos quieren —rezongó y siguió con la tarea un poco ofuscado. Cuando levantó la cabeza para mirar la hora remusgando entre dientes escuchó que las porteras se abrían y aparecía allá a lo lejos el camión.
— ¡Por fin! —exclamó aliviado.
—Buenos días don Juan —le dijo Felisberto el chofer.
—Serán buenos para usted. Cuántas veces le tengo que decir que los animales se estresan, yo sé que para ustedes son solo un pedazo de carne, pero para que el producto final sea bueno se debe respetar al animal, y tenerlos acá en este espacio amontonado no es lo mejor.
—Ay don Juan usted siempre igual, qué me importa si se estresan estos bichos, vamos súbanlos al camión que en un par de hora el estrés ya se les habrá ido.
—Más respeto por la vida que le da de comer Felisberto.
—Si tanto los quiere ¿para qué los vende?
—Felisberto si podemos hacer que su final sea más digno ¿por qué no hacerlo? Que le cuesta tratarlos bien.
—Mire don Juan ya me cansé de esta charla, mañana van a estar en la mesa de alguien que seguro los condimentará muy bien. ¿Eso le sirve?
Mientras seguían con su acalorada discusión se acercaba corriendo Alfredo para avisarles que uno de las terneras se les había escapado y corría en dirección al pueblo.
—Apúrese don Juan porque en la plaza están los que defienden los derechos de los animales y si la ven afuera del camión se la van a querer quedar.
—Ve lo que le digo —le dice don Juan al hombre. Si los tratará bien esto no pasa porque el animal se queda tranquilo, pero usted insiste con la grosería. Ahí tiene ese problema ya es suyo, yo cumplí.
Y moviendo la cabeza se fue rezongando otra vez.
Felisberto se subió al camión (cargado con ganado) y se fue en busca de la ternera. Cuando llegó al pueblo lo que había augurado Alfredo se cumplió, los rescatistas se habían apoderado de la ternera y no se la querían devolver.
—Es propiedad del frigorífico —gritaba Felisberto.
—Es una vida que sufre —le retrucó una rescatista.
Entre tanto alboroto llegó la policía a tratar de resolver la contienda y ordenó que el animal fuera entregado inmediatamente a los empleados del frigorífico. Que no dudaron en amarrarlo y tirarlo para arriba del camión a pesar de los pedidos de las personas allí presentes.
Fue tal el bullicio, que le llegó al juez una petición por parte de los rescatistas para recuperar el animal, ya que debido a los acontecimientos y al estrés que había sido sometido no cumplía con las normas de sanidad para ser faenado.
Sin embargo, la Justicia tardó una semana en aprobar la petición emitiendo una orden de aprehensión por la ternera. Cuando llegaron al frigorífico los rescatistas, una semana después, con la orden y acompañados por un oficial de policía se les informó que el animal había sido sacrificado.
—Listo no hay nada más que se pueda hacer, dijo el oficial y añadió: “muerto el perro se acabó la rabia.”
Felisberto (que no se caracterizaba por su buena educación) al verlos no dudo en arrimarse para recordarles que el animal era propiedad del frigorífico y haciendo uso de una picardía oscura se ofreció para acompañarlos a la oficina del encargado donde podrían arreglar sus diferencias con los abogados de la empresa.
Ellos aceptaron desconfiados, sin embargo Felizberto era su mejor opción en aquel lugar. Él los condujo a una habitación dónde había por lo menos 4 personas además del encargado. Los presentó diciéndoles que ellos eran los del problemita con la ternera y antes de despedirse agradeció al encargado por el regalo que la empresa les había hecho a las familias de los camioneros para la navidad y al llegar a la puerta se dio la vuelta y gritó con la única intención de ser escuchado por los rescatistas:
— Bueno yo cumplí ahora me voy para casa, recién hablé con la patrona y me dijo que había preparado el regalo que nos dio el frigorífico para la cena: ¡hoy comemos ternera asada!

Gabriela Motta
12/12/19
Montevideo

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Escribir me permite soltar el pasado, vivir el presente y esperar libremente el futuro.

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