Amor



Era un día regular, Soledad salía del trabajo como de costumbre cuando un anciano que iba caminando por la calle sin rumbo arrebató su atención, giraba y giraba como si bailara una melodía sin fin, luego se reponía, observaba muy lejos dejando traslucir en su mirada una estela de ternura indescriptible. Soledad que no tenía prisa de llegar a destino ya que honraba honrosamente su nombre se dejó atraer deteniéndose a observarlo. Se quedó mucho tiempo siguiéndolo con la mirada y analizándolo sentada tranquilamente en el banco de una plaza.  El anciano no era un indigente su forma de vestir lo dejaba claro, tampoco un hombre sin educación su actitud cortés lo demostraba, ¿qué le sucedía a ese hombre?  Sintió que tal vez podría estar necesitando ayuda y se quedó ahí para averiguarlo. Él en cambio seguía bailando su propia melodía, desconectado por completo de su entorno. Después de un tiempo de estar girando absorto en su realidad noto como aquellos ojos no se despegaba de él, Soledad se sintió avergonzada porque no pretendía ser descubierta por el extraño hombre, miró hacia otro lado, pero fue inútil aquel anciano comenzó a caminar hacia su dirección. Pensó en levantarse y escabullirse, pero ya era tarde ahí lo tenía parado enfrente con la mirada más dulce que haya visto jamás. 
– Señora noté que me observaba – le dijo –  
– Si, no pude evitarlo, me causó curiosidad su manera de girar en círculos. ¿Está usted bien?    
– ¿Por qué no habría de estarlo?  
– No lo sé, me pareció muy singular su forma de expresarse, y ni hablemos de esa mirada perdida hacia la nada.  ¿Es un poco extraña su actitud a usted no le parece? 
– ¿Extraña? En realidad, creo que la confundida aquí es usted señora, no se deje engañar por las apariencias, permítase sorprender, escuche la melodía que sale de su corazón ¿qué le dice?  Reflexiónelo; en cuanto a su comentario le puedo decir que yo no soy extraño, soy más corriente de lo que usted cree. Entiendo que a veces llego como un huracán y siempre danzo al son de mis propios acordes, pero ¿es esto un delito? en cuanto a lo de mi mirada no sabría que decirle pues es lo más natural y sincero que tengo. No puedo evitar cautivar a muchos cuando paso y mucho menos dejar de contagiar a otros con mí danzar. Pero déjeme decirle algo, también despierto odio, aunque no estoy para nada orgulloso de esto. 
–  Señor, yo solo me quedé observándolo porque pensé que tal vez podía necesitar algún tipo de ayuda, créame no existe otra razón.  
– Es usted muy amable, pero permítame decirle una cosa, la razón por la que usted permaneció observándome no es esa, usted ha sido víctima de mí son, fue cautivada, aunque aún no pueda reconocerlo. 
– ¿Quién es usted señor? ¡Sepa que me confunde!  
– Yo soy una definición ambigua de una idea sencilla que los hombres la tornaron compleja. Yo soy la sencillez del baile y lo engorroso de la coreografía. Yo soy la armonía que trae la brisa y el caos que deja el huracán en su paso. Yo soy la belleza de la rosa y el dolor que causa la espina. Soy el puro blanco de la nieve y el desenfrenado frío que quema las manos, yo soy lo más enmarañado y lo más asequible.  Si aun así la sigo confundiendo, le voy a pedir que contemple esa mariposa, es bella ¿verdad? Pero para llegar a convertirse en lo que es hoy tuvo que ser una oruga. Tuvo que saberse pequeña para descubrir la inmensidad que habita en su interior, permitirse morir para renacer victoriosa en esa hermosa mariposa y usted la ve así tan bella, tan llena de vida que olvida el proceso que le acabo de describir y que fue fundamental para que ella pueda estar aquí entre nosotros, bueno yo soy esa fuerza transformadora. Ahora hágame el favor de cerrar sus ojos por favor y experimente la suavidad de la brisa del verano en su rostro, experimente el aroma de las flores que le rodean, experimente la experiencia de estar viva, sienta, emociónese, déjese transportar por la sencillez de este segundo que acaba de desvanecerse en el vuelo infinito de esa mariposa. Ahora dígame ¿qué experimentó?  
– AMOR 
– Pues ese soy yo.  
 Cuando despertó no entendía cómo había podido quedarse dormida en la plaza pública, el señor ya no estaba, había desaparecido al igual que la mariposa. Nunca supo si fue real o producto de su fantasía, podría jurar que se había sentado allí sólo para observar al anciano, pero ahora todo era confuso, lo único real fue el amor que experimentó en la sencillez de aquella tarde de verano sentada en una plaza corriente dejándose sorprender por la vida y la fuerza de aquel sentimiento tan noble. 

 

Autora: Gabriela Motta.

Escrito: 05/12/17.

 

Otro Cuento: Sobre la mesa

 

 

Amor

 

 

 

 

 

 

 




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.