La vida ha jugado bien sus dados de marfil. Mi muerte se ha desvanecido. Mi vaho ha vuelto. Mi expiación continúa —¿qué tan atroz pude ser? —.

Ya conozco este lugar, todos son parecidos: desde Andalucía hasta Dinamarca, su olor no puede ocultarse, aunque se hagan llamar: Danis Crow, Le Porc Gourmet, Frigorífico Guadalupe. Al final todos son el mismo patíbulo. Ya he muerto en todos estos lugares, con todas las formas pensadas por Dios cuando fue un genio artista: ternero, cerdo, conejo, vaca, toro, cabra y ahora gallina. He visto a mis hermanos morir por no comer, nacer con una deficiencia o tener el coraje para aguantar la carrera por sobrevivir. He pasado por los distintos círculos de esta freidora con sus distintos protagonistas: el arma automática; la prensa hidráulica; el mazo caníbal. He visto los rostros sufrientes; las patas destrozadas; los picos arrancados; el reinicio en cada puesta de sol.

Sé más que nadie la naturaleza exacerbada del humano frente a la raza débil; su alimento. He visto cómo los despiadados rezan porque nunca les falte la fuerza en sus manos al estrangular; la salud entre tanta enfermedad humana —he visto cómo ruegan que la demencia no sea contagiosa—; y el sentimiento de matar sin remordimiento ni tiempo para perder. Ellos solo buscan saciar su sed de verdugos con los más gordos; los feos les da asco, prefieren dejarle esa parte del trabajo sucio a otros; a los más ariscos son desaparecidos en segundos. Cuántas veces no vi convertir este rol necesario en un mantra, terapia y arte: cercenar nunca ha sido tan valorado como ellos lo hacen.

Ahí viene él como siempre. Me toma con sus guantes, los mismos de siempre; esos de la fisura que creí siempre ocultar, para examinarme con esos grandes ojos sangrantes; no le importan las demás especies, solo yo, su ramera temporal predilecta. ¿Qué hará de mí esta vez? ¿Jugar futbol? ¿Apostar con sus compañeros qué tan lejos puedo volar? ¿Demostrar cómo una gallina puede convertirse en leche si él quisiera? Me mira fijamente; sabe que debe matarme, lo sabe, es su destino ya marcado; ambos lo sabemos. Pero no hace nada, solo me cambia de establo. En este hay más compañía; al dejarme marcado con su mirada se va por un cerdo, este me mira de soslayo, y me dice con sus ojos: —volveré y esta vez no será igual. Y le creo, cada vez la muerte me sienta distinta, con una sensación siempre difícil de adoptar.

(…)

Más semanas han pasado y aún no presiento mi fatídico castigo. Pero en mis eternas cavilaciones, no consigo comprender el obedecer del resto de criaturas que no ven otra salida que su propio martirio infinito. Siguen muriendo —como yo— sin importarles que esta no será la única ni última. ¿Quién pensaría que la raza sigue viva por la misma? Nadie me hubiese creído al decirle que matar a una rata más pequeña haría de mi descanso eterno, un ostracismo real… Ahí viene de nuevo, y esta vez viene con su fiel arma. No sabe lo que le espera; lo que nos espera.

Autor: Jojhan Mauricio Paez Bello. Estudiante de Lic. en Educación Básica en Humanidades y Lengua Castellana.

Biografía: Un chico bogotano (Colombia) que actualmente estudia y se pregunta si vale seguir viviendo desde la escritura… no creo que nada más importe o sirva en referencia con lo que hago; la escritura.