Chicho


Chicho

Sara no había tenido un buen día, luego de una larga licencia médica debido a interminables estudios de salud habían encontrado su mal, y no era para nada alentador. Esa noticia la paralizó. Salió por las calles aturdida, caminó sin rumbo durante horas hasta que un hocico frío la despertó en la orilla de un río. No tenía idea de cómo había llegado hasta ese lugar. Sorprendida se levantó, le acarició la cabeza al animal y le dijo:

—¿A ti también te han dejado solo? Mientras buscaba entre sus cosas el celular para llamar un taxi y regresar a casa.

A la mañana siguiente se levantó y desayunó. Ojeando el diario encontró un titular que llamó su atención porque hablaba sobre su barrio. Se detuvo en la noticia, en ella pedían a los vecinos que tuvieran cuidado con un sujeto que había escapado de la cárcel y según algunas declaraciones podría estar ocultándose en ese lugar. El tipo era apodado ¨El Chicho¨ psicópata asesino con un poder de persuasión muy alto. ¡Por favor en que se ha convertido nuestro barrio! —exclamó. Cerró el periódico y se fue al supermercado. Cuando dobló la esquina se encontró nuevamente con el perro, le sorprendió que hubiera podido caminar tanto.

—Hola, —le dijo mientras le acariciaba la cabeza. El animal la reconoció y siguió caminando a su lado hasta llegar a la puerta del supermercado.

—Bueno, muchacho, hasta aquí puedes llegar no admiten animales en el súper, así que quédate afuera.

Mientras esperaba para pagar entraron dos hombres armados. Uno le apuntó a la cajera pidiéndole la plata mientras el otro hurtó a las personas que allí se encontraban. Luego huyeron dejando a todos en estado de shock. Después de un largo interrogatorio pudo volver a casa, pero con las manos vacías.

Al día siguiente se despertó un poco más animada. A pesar de todo lo malo que le había tocado vivir en ese corto lapso, ese sería un buen día: por fin retomaría su trabajo. Tomó un taxi y se marchó. Al subir las escaleras que conducían hacia su oficina, por la ventana observó un perro negro moviéndole la cola.

—No, no puede ser ¿realmente eres tú? —le preguntó de manera absurda al animal, que la siguió con la mirada hasta que se metió en la oficina. Para su asombro su jefa la esperaba ahí.

—Hola, Elena ¡Qué sorpresa encontrarte en mi oficina!

—Sara, es bueno saber que te estás recuperando.

—Sí, ya estoy bien y contenta de retomar mis actividades, creo que me ayudará.

—Mira, Sara… estoy aquí por una sola razón, los directivos consideran que no eres la persona idónea para seguir ocupando el cargo. Ellos creen que aún no estás lista para continuar.

—Válgame Dios… Esto no puede ser verdad… Elena, estoy acabada. Fijó su mirada perdida y sonrió en dirección a la puerta entreabierta.

—Mira que si han cambiado las cosas por aquí —dijo— ¿desde cuándo entran perros? Aunque debo admitir que este animal me trae mala suerte, fuera perro malo, fuera de aquí.

Elena la miró asustada y solo pudo decirle:

—Tranquila, tómate todo el tiempo que necesites para retirar tus cosas. Y se fue rápidamente, pero no antes de relojear por detrás de la puerta y darse cuenta de que ahí no había nada.

Sara empacó sus cosas, se tomó todo el tiempo que le pareció necesario para concluir esa etapa de su vida y se marchó sin mirar atrás. Al llegar a su casa fue interceptada por la vecina del 117.

—Hola, Sara, necesito pedirte un favor. Mi hijo Alberto viene esta noche a traerme un paquete y no voy a estar ¿Será que te lo puede dejar a vos?

—Sí, claro. Te voy a dar mi número de celular para que me llame antes de golpear, porque de noche no suelo abrirle la puerta a nadie y menos ahora que existe la amenaza de ese asesino en el barrio.

—Por eso despreocúpate. La vecina anotó el número y se fue agradeciéndole el favor.

Sin embargo, Sara no podía dejar de pensar en aquel animal, esa idea se volvía cada vez más perturbadora. Se acostó y escuchó los ladridos de un perro, parecía que estuviera debajo de su ventana. Se negó a mirar, fuera perro del demonio gritó y se tapó los oídos con la manta para no escuchar. Pero muy a pesar de su deseo el ladrido era persistente, así estuvo mucho rato hasta que en el momento menos pensado dejó de ladrar.

—¡Ya era hora de que te callaras! —exclamó. No obstante, el silencio volvió a ser interrumpido esta vez por el sonido de su celular, lo buscó por todas partes y no logró encontrarlo. Seguro sería el hijo de la vecina. Se incorporó hasta la ventana y vio a un hombre alto haciéndole seña para que le abriera la puerta. Sara le hizo un gesto de consentimiento y se dispuso a bajar, pero antes decidió volver a mirar: debía cerciorarse de que fuera el muchacho, tuvo dificultades con esto porque estaba muy oscuro y solo pudo ver una silueta. Volvió a observar otra vez, sin embargo, en esta ocasión buscó a él animal. Si ese perro maldito no estaba afuera ella no correría ningún riesgo, miró detalladamente cada ángulo, y no, no había rastros de él. Suspiró aliviada y de inmediato escuchó sonar nuevamente el celular, se asomó por la ventana y era el hombre quien la estaba llamando. Ya no tenía dudas, ese era el hijo de su vecina:

—Hola, Alberto ya bajo. Colgó, se colocó la bata y descendió rápidamente.

Al abrir la puerta el hombre se encontraba en penumbras. No logró ver su rostro con claridad, pero un escalofrío corrió por su cuerpo cuando detrás de él apareció la sombra de un perro moviéndole la cola.

—Chicho, ¿eres tú? Fuera, Chicho, fuera…

Texto y fotomontaje: Gabriela Motta
31/10/2018
Montevideo.

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Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.