Colgando de su mundo

Colgaba de su mundo, allí se refugiaba siempre que alguien le decía que debía cambiar. Cambiar no era una opción, cambiar significaba romperse en mil pedazos y volver a sentirse desprotegido.

Incrédulo, tenía miles de capas y por debajo de ellas había una coraza impenetrable. Era duro, frío, parecía que su cercanía tenía el poder de generar escarchas emocionales en los demás. Áspero y orgulloso de la imagen que le devolvía el espejo, pero en cambio no estaba conforme con la imagen que le devolvían los otros de sí mismo.

Escucharlo contar sus historias generaba lástima porque él siempre era la víctima. Pero quienes lo conocían sabían que en realidad su punto de vista era el que casi siempre estaba un poco transverso.

En algún momento de su existir interiorizó la idea de que el cambio era negativo, aferrándose a otra idea: la de que nadie cambia, incluso solía decir que: —“siempre había sido igual”. Con una certeza incuestionable.

Nunca pudo admitirlo en vos alta, pero él había tenido una infancia poco feliz, jamás pudo contar su verdad, esa, que grito tantas veces siendo niño sin encontrar un solo adulto emocionalmente maduro que pudiera brindarle consuelo y contención. Aprendió a callar y a defenderse solo, gritándole al mundo sus amarguras, preso en ciclos que jamás concluían, víctima de sus verdades y prisionero de sus silencios.

Comenzó a transitar las calles de su adultez con ese niño herido a cuestas, gritando cada vez más fuerte, luchando por ser escuchado.

Desde entonces cada vez que se enfrenta con la idea de cambio siente que alguien le arroja un anzuelo a ese pequeño niño y lucha con todas sus energías para que permanezca ahí adentro muy callado, porque hacerlo salir no está dentro de sus alternativas.

Gabriela Motta. 
25/01/19 
Montevideo.

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Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.