Madre e hija

—Mamá, mamá, mamá… Ma-maaá.
—Espera hija ahora no puedo.
—Mamá, es importante.
—Si, te escucho.
Le contestó sin dejar de mirar su celular.
—Mamá mírame. ¿Puedes dejar el celular?
—Que pesada te pones en las salas de espera Catalina, dime, ¿cuál es la urgencia?
—Mamá aquel señor le pegó a su hijo deberíamos hacer algo.
—Catalina la violencia está mal, pero no debemos meternos en la vida de los demás.
—Pero mamá, aquel otro señor —señalándolo con el dedo— sí se metió, le dijo que no estaba bien golpear a los niños y se puso a decirle cosas que no entendí, pero el papá sonrió y le agradeció.
—Catalina esta vez el señor reaccionó bien, pero de todos modos no debemos interferir en la crianza de los demás.
—¿Aunque el papá lastime al niño?
—Catalina, no lo lastimó ¿o vez que tiene sangre?
— No mamá, no tiene sangre, pero le lastimó el corazón.
—Por favor Catalina, siempre tan exagerada, el papá solo le pone límites a su hijo yo no veo nada de malo en eso.
—Pero mamá al niño le dolió… Mamá ¿qué es poner límites?
—Catalina, me haces el favor y te pones quieta. Mirá la tele, están pasando tu dibujo favorito.
—Pero … mamaaaá
—Catalina quiero que obedezcas.
—¿Me estas poniendo límites mamá?
—Cállate de una vez, no te has dado cuento que intento hablar con alguien y es importante.
Catalina se acomodó en la silla y fijó su mirada en el televisor.
—Mamá …
— ….
—¿Yo no soy importante?
—¡PARA YA…! ¡DE LO CONTRARIO TE MOSTRARÉ CÓMO SE PONEN LOS LÍMITES! TE ASEGURO QUE NO TE OLVIDARÁS JAMÁS.
Catalina bajó la mirada, hizo un puchero y se puso a llorar. Mientras observaba cómo un hombre caminaba en su dirección.
—Hola —le dijo aquel extraño.
—Hola —le contestó secándose las lágrimas— usted vino a decirle a mi mamá que no me grite y que deje su celular?
—¿A ti te gustaría que yo lo hiciera?
—Sí, porque el papá del otro niño le dejo de pegar, yo vi cómo lo saludo y le agradeció cuando se fue.
El hombre sonrió.
—CATALINA, deja de molestar al señor. Discúlpela es que se pone insoportable en las salas de espera.
—Tranquila señora, Catalina no me molesta, ¿cómo es su nombre?
—Me llamo Antonieta y ¿usted?
—Yo soy Andrés.
—Gusto en conocerlo Andrés y disculpe una vez más a la niña. Catalina, deja de molestar al señor ya no te lo repito más.
Antonieta bajó la mirada y siguió atendiendo su celular.
—Mamá falta mucho para que llegue el médico.
—No sé, hay que esperar, mira los dibujitos.
—Catalina que te parece si mientras tu mamá termina de hacer su trabajo, hablamos un poco. Cuéntame de la escuela. —Le dijo Andrés.
—¡No! No quiero hablar de la escuela … Quiero saber ¿qué son los límites? Mi mamá me dijo que el papá le pegó a su hijo porque le ponía límites.
-Bueno, si me lo preguntas a mí yo pienso que para poner límites no hay que maltratar a nadie.
Antonieta escuchó cómo aquel hombre la contradecía, así que guardó su celular.
—Entonces dígame Andrés ¿por qué cree usted que le pegaba?
—El padre estaba desbordado, yo pude hablar con él y me dijo que el estrés lo había llevado a desquitarse con el pequeño, no le ponía límites le pegó porque quería que el niño le obedeciera y ante la negativa se sintió frustrado, avergonzado en público y le dio una bofetada. Yo hablé con él y se veía muy arrepentido. Lo que sucedió ahí fue otra cosa…
—Ah bueno, tenemos aquí un espabilado…
—Señora Antonieta —la interrumpe— le explico estas cosas porque soy psicólogo especializado en infancia, más precisamente en apego. Y debido a mi experiencia puedo darme cuenta cuando un papá o una mamá no están pudiendo conectar con sus pequeños, por lo general cuando esto pasa me aproximo y trato de entretener a los hijos para que los padres puedan respirar y tranquilizarse. Por lo general funciona, como pasó recién en el caso del papá y el niño.
—¿Y para usted el título le da el derecho de cuestionar la forma que tenemos de criar a nuestros hijos? ¿Cuántos hijos tiene usted Andrés?
—Aún no tengo hijos, pero…
—Pero nada. Podrá tener mucho estudio, pero no tiene hijos. Me parece que aquí se terminan sus argumentos. Volveremos hablar del tema cuando usted tenga al menos uno.
Antonieta se levantó bruscamente y tomó de un brazo a Catalina que estaba mirando el televisor.
—Vamos Catalina, busquemos otro lugar para sentarnos.
—Pero mamá, no quiero estoy bien aquí. Además, le pedí al señor que te dijera que no me grites y aún no te dijo nada…
—Catalina, sentémonos en otro lugar. NO TE LO REPITO MÁS.
—Mamá me lastimas el brazo, no quiero, no me obligues.
—Señora Antonieta si el problema soy yo me retiro, pero suelte a la niña por favor —le pidió Andrés con voz calma y tono firme.
Se levantó y volvió a su lugar, Antonieta soltó el brazo de su hija. Ambas regresan a sus respectivos lugares. Catalina lloraba, la mamá volvió a tomar su celular mientras susurraba en voz baja:
—Lo que me faltaba que un desconocido venga a enseñarme cómo debo educar a mi hija, se cree éste muy espabilado.

Lectura sugerida: La roca y el fuego

Gabriela Motta
Montevideo
19/06/18

 




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.