PETIT

Cierto día iba caminando por la vereda cuando de repente algo me llamó la atención, en el tronco de un árbol muy acurrucadito había un cachorro con mucho frío y con muy mal aspecto. Iba muy apurada para el trabajo por lo que no me detuve a mirarlo, seguí mi camino como de costumbre. 

 Al llegar a la oficina comenzó a llover, yo, ya resguardada y tomándome algo calentito para sacarme de las manos el gélido frío de los meses de invierno, por primera vez empiezo a pensar en aquel pequeñín al que le había sido indiferente temprano en la mañana. Afuera hacía mucho frío y además llovía ¿Cómo estaría aquel pequeño animal en este momento? Acto seguido pensé seguramente alguien con más tiempo que yo se habrá ocupado de él.

 Continúe con mi día tan atareado y pensando nada más que en mí, dejando o suponiendo que los demás se ocuparían de algo que había sido mi problema y mi deber solucionarlo. 

 Al salir del trabajo por la tarde, tomé otro camino para no cruzarme con aquel indefenso animal, porque me daría mucha pena, era consciente que en mi casa no había lugar para un cachorro, vivo en un apartamento y no estoy en todo el día. Con ese pensamiento simplista y egoísta me fui a dormir, satisfecha con mi día. 

 A la mañana siguiente me levanté apresurada, tomé el mismo camino del día anterior, sin recordarme por un minuto siquiera del pequeño animal. Solo me acordé cuando nuevamente la cruel realidad me pinchó los ojos, el pequeñín seguía allí, más acurrucado y más enfermo que el día anterior. No sé cómo había podido sobrevivir al frío, la lluvia y a mi indiferencia, pero él seguía vivo, era un luchador. 

 Hoy no pude seguir, comprendí, parada frente a ese pequeño que si yo no me ocupo nadie lo hará, quizás paso desapercibido por las personas ya que estaba camuflado en el tronco del árbol, quizás otros al igual que yo pensaron que “otros” harían lo que era su deber. No sé cuáles son las razones, pero sólo sé que no pude cerrar los ojos y me lo llevé. Así fue, ese día falte al trabajo, me dedique a llevarlo a un veterinario para que lo viera y lo diagnosticara, estaba muy enfermo… 

 Lo dejé internado ya que no me lo podía llevar en ese estado y tampoco lo podía tener, por las razones que ya mencioné antes. Todas las mañanas iba a visitarlo antes de ir al trabajo y de a poquito y sin darme cuenta ese pequeñín fue ganando mi corazón.  Cuando llego el día de su alta clínica, no lo pensé dos veces, se fue a casa conmigo y lo llamé PETIT. Y aquí estamos hoy a tres años de aquel día, juntos y unidos como nunca lo hubiera pensado, desde ese día aprendí que no hay que esperar que otros actúen por vos, aprendí gracias a él, que con pequeños actos podemos hacer de este mundo un lugar mejor. 

 Ahora nos vamos a un refugio donde soy voluntaria, Petit tiene muchos amigos que esperan una oportunidad y yo ayudo y apadrinó a los pequeños que, así como Petit me los he encontrado por la vida, ya que a todos no los puedo tener en mi apartamento.

Autora: Gabriela Motta.
Cuento Escrito: 2014.

 

Otros Cuentos Cortos: La Oscuridad.

 

 

 

 

 

 

 




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.