Esa mañana llovía copiosamente sobre la ciudad, me levanté con la calma de un sábado sin horarios ni rutinas, mi única preocupación era prepararme el desayuno y sentarme a leer un libro. Abrí la heladera y no tenía leche, la pereza invadió mi cuerpo, la sola idea de salir me molestaba, pero debía hacerlo mi TOC no me dejaría leer el libro sin una taza de chocolate caliente. Así que sin pensarlo mucho tomé mi abrigo el paraguas y me marché.

En la esquina el viento me abrazó brutalmente haciendo trizas mi pequeño paraguas. Ahí estaba yo indefensa bajo la lluvia, sintiendo caer las frías gotas sobre mi rostro, irritada por mi desdichada mañana opté por seguir con mi camino, no antes de maldecir la lluvia, el viento, mi tranquilidad frustrada y hasta el chino que había fabricado el paraguas. ¡Ahora debía llegar a casa, bañarme, cambiarme y para cuando terminara con todo eso ya sería mediodía! ¡Qué mal día! —pensé.

De pronto el sonido de una melodía me aterrizó bruscamente a la realidad mi cuerpo ya se había adaptado a la lluvia, sequé mi cara y me quedé absorta mirando a lo lejos viendo cómo se aproximaba lentamente el afilador. Hacía años que no veía uno. Venía tocando su dulce melodía con su bicicleta al lado y detrás traía tapado con un nailon oscuro su equipaje.

Me detuve a observarlo sintiéndome pequeñita, yo envuelta en cólera porque se me había roto el paraguas, por un desayuno fracasado y ese hombre caminaba debajo de la lluvia todo mojado al igual que yo, sin embargo, no se lo veía para nada enojado. Seguramente no mojarse jamás fue una opción. Con ese trabajo no hay mal tiempo y para colmo un oficio casi obsoleto —pensé ¿Quién afila cuchillos hoy en día con lo barato que sale comprarse una nuevo? Lo esperé solo para sugerirle que debía cambiar de trabajo.

Al verme parada bajo la lluvia me gritó: — ¿Tiene un cuchillo para afilar vecina?

—No, le contesté mientras me arrimaba a su bicicleta ¿Hay gente que todavía afila cuchillos? —le pregunté con un tono irónico.

—No muchos, me contestó, pero es lo único que puedo hacer de momento.

—Sabe una cosa, voy a comprar leche al mercado de la esquina sé que ahí están pidiendo reponedores conozco a la dueña si quiere lo puedo recomendar —le dije.

—Gracias vecina, pero no tengo con quien dejarlo y abriendo el nailon oscuro que estaba detrás de su bicicleta, pude ver como se asomaban temerosos dos pequeños ojitos cristalinos no sé si por la lluvia o porque habían estado llorando. Su cuerpito temblaba de frío, estaba mojado de pie a cabeza a pesar del intento de su padre por protegerlo el agua se filtraba igual. Un nudo se me hizo en la garganta, no pude decir nada.

—Ahora entiende vecina, no tengo con quien dejarlo, aunque llueva tenemos que salir igual. Comer hay qué comer, aunque llueva.

—Yo seguía sin poder decir nada, aquel niño de no más de tres años me observaba con esos ojos tristes que me pedían a gritos que lo sacara de la lluvia.
Cuando me repuse, le ofrecí quedarme con el pequeño nada más alejado de la realidad, él y yo sabíamos que eso no sería posible, pero mis neuronas se habían bloqueados. Y volví a quedarme sin palabras, solo pude observarlos.

—Bueno vecina tenemos que seguir, espero que alguien tenga algún cuchillo desafilado, así nos desquitamos la mojadura. Hasta luego, me dijo, y se fue alejando mientras volvía a tapar a su pequeño con aquel nailon. Y se fue alejando mientras hacía sonar su melodía.

Me quedé pensando en ese niño debajo de aquel nailon oscuro, mojado y con frío. Era solo un pequeño que pasaría desapercibido por todos sin lugar a duda, como me hubiera pasado a mi si su padre no lo destapara. Inadvertido, camuflado como un equipaje igual que mis lágrimas bajo aquella fría lluvia.

Gabriela Motta.
24/08/2019.
Montevideo.

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Disfruto escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.