Hace falta un instante de reflexión para convencernos de que esta “naturalidad” del habla es una impresión ilusoria. Edward Sapir

—Vé, tengo full cansancio, no me he podío sentá en toa la tarde.

—Oye, pero si te quejá de too. Mejor mira pa yá… el acoiris, cógelo, anda, cógelo como si fuera tuyo. Verá que eso é buena suete —decía al tiempo que estiraba la ventana hasta su pecho con sus dedos, como si en cada contacto, se inyectara por su piel, los colores.

—Eto sí que lo alega a uno… Oye… Ja, que risa, mirá ese hombe colorao y emcopetao de allá, pareceí que co un cuchillito le hubieran cotado la lengua de vedad, como a…

—¿Cómo a qué mi hemanito? Hablá bien… ¿qué te ocurre en la…? —No pudo decir más; no le salieron las palabras y tampoco supo cómo sacarlas. No era el único, todos se revisaban la lengua en busca de una marca, un indicio, cualquier cosa. Muchos se arremedaban impacientes en un silencio insoportable. Solo se escuchaban pies pisando y raspando con desesperación aquel suelo de baldosa en Toronto… Los noticieros no tardaron en anunciar, con carteles, que llegaban reportes de todos lados, aclamando el fin del lenguaje, del habla. Y era verdad, todo medio de comunicación lo confirmaba. El mundo entero empezaba a aceptar su ictus isquémico: lo que antropoides, luego antropomorfos (gibones, orangutanes, gorilas y chimpancés), después australopitecus y pitercantropos, y finalmente Cro-Magnones habían casi perfeccionado, se esfumaba a la vista de todos. El gran poder que los hacía humanos ya no existía; como había llegado, se había ido. Sin aviso… sin sentido. Y el temor en lo peor no cesaba: alguien comentaba algo en el momento por Facebook: También perderemos la habilidad de escribir…

Autor: Jojhan Mauricio Paez Bello. Estudiante de Lic. en Educación Básica en Humanidades y Lengua Castellana.

Fotografía: Pixabay.

Otro cuento del autor: Castigo procesado