Sentado en el punto más alto de aquel lugar especialmente elegido por él para descansar y desarrollar su ser más profundo, ya venido en años, pero con la certeza de haberlos vividos al máximo y como le dictó su corazón. Observando la vigorosidad que alberga la naturaleza, cerró sus ojos y pudo verse en sus años más jóvenes, cuando por primera vez encontró ese lugar donde debía cultivar su esencia. 

– ¡Maestro!- pronunció el discípulo que comenzaba a empacar sus cosas para marcharse con rumbo desconocido. ¿Cómo reconoceré el lugar indicado? 

-Aún no lo tengo claro -contestó el maestro- pero confía en tu intuición y sabrás identificarlo, así como sabrás dónde deberás detenerte. 

En todos estos años que hemos compartido juntos he aprendido a confiar en mi intuición, y ella en este momento me dice que, una vez más, tienes la razón. Emprenderé mi viaje y no te diré adiós, sino un hasta siempre querido amigo. 

Sin decir más, tomó su mochila se la puso sobre la espalda como quien toma el peso del mundo y se lo coloca encima de los hombros y así, sin más, comenzó su viaje. Caminó 50 lunas en las cuales se detenía, solamente, para descansar, comer y dormir. Era él y su camino, que se hacía cada vez más duro, ya que su espalda soportaba, cada vez menos, el peso de la mochila, en la que además de comida llevaba una muda de ropa, y algunas otras cosas necesarias para sobrevivir. 

Una noche, tirado en el suelo observando el cielo y la infinidad de estrellas que hacían parte de tan maravilloso espectáculo, recordó las palabras de su maestro:  

“Amigo mío, cuando hayas emprendido el viaje y si por alguna razón en algún lugar del camino sientes el deseo de detenerte y dejarlo todo atrás, recuerda que tú eres tu único destino y puedes hacerlo, pero también recuerda que el tiempo no vuelve atrás y las oportunidades tampoco regresan. Aquí en tu mochila hay un compartimento secreto, que sólo deberás abrirlo en el momento que estés a punto de dejarlo todo, cuando sientas que el cansancio es insoportable y que este viaje ya no vale la pena, de lo contrario, prométeme que nunca lo abrirás. Ten en cuenta que muchas veces, cuando pensamos que todo está perdido es cuando, simplemente, debemos volver a empezar.”  

El discípulo contestó que sí, asintiendo con la cabeza, como si dudara un poco de su respuesta. 

Abrió sus ojos y observó su castillo, su templo como gustaba llamarle, tal como lo había imaginado, tan perfecto como su aprendizaje le permitió desarrollarlo, tan suyo. Con la mirada puesta sobre el horizonte recorrió el paisaje, se sentía en paz, sentía que había logrado su objetivo y eso lo hacía muy feliz.  

Sus pensamientos le permitieron transportarse una vez más en el tiempo y recordar otra vez aquel joven discípulo, que caminaba aferrado a su mochila, olvidándose que lo que realmente importaba era el camino y no la carga.  Lo recordaba cansado, pudo por un momento meterse nuevamente en su piel y sentir que la mochila le pesaba como nunca antes, por primera vez tenía conciencia que traía un peso extra, tenía la certeza que ese peso provenía del compartimento secreto, había en su interior una dualidad, intuía que si se liberaba del peso pasaría a estar más ligero, pero sabía también, que no debería tirarlo porque algún día lo podría necesitar. Descubrirlo significaba el fin del camino, aceptar que había, de alguna manera, fracasado. Ese compartimento era su obstáculo para seguir con tranquilidad y sin exceso de carga, pero, ¿cómo deshacerse de él? ¿Cómo soltarlo? ¿Dejarlo ir así sin más? Era su única certeza, su cable a tierra, ese compartimento sería su salvación en el momento de enfrentarse a la oscuridad, a la desesperación de no saber hacia dónde seguir, por lo tanto, no podía, no debía pensar siquiera en la posibilidad de abrirlo, mucho menos arrojarlo fuera, pues está posibilidad era aún más cobarde que la anterior. 

Seguía caminando como quien busca algo y no sabe qué va a encontrar, el camino se hacía cada día más complejo, la mochila hoy le pesaba más que ayer y que antes de ayer y así podría seguir enumerando los días hacia atrás, pero … ¿Qué hacer? Renunciar y dejarlo todo o ¿seguir adelante soportando la carga? Una y mil veces se preguntaba: ¿Qué haría su maestro?  

Él era un hombre fuerte, de convicciones firmes y mirada segura, jamás hubiese dudado sobre cómo seguir.  

Sin embargo, “yo estoy hace algunas lunas dudando qué debo hacer con esta carga. ¿Por qué se ha convertido en mi obsesión?” Hubiera sido mejor no saber de su existencia ya que así no sería consciente de llevar un peso extra, el camino se hacía más difícil sabiendo que estaba allí.  

De inmediato, volvió a la realidad, “debo estar a su altura, soportar mi carga, aunque me parezca difícil” pensó, dejándose caer.  

El cansancio invadió su cuerpo y pudo sentir a su maestro, siempre tan sabio, siempre tan amigo. Sintió que hacía lo correcto, pero era tan difícil poder liberarse, su condición de hombre no le dejaba desprenderse, esa condición que tantas veces le hacía olvidar su esencia, esa esencia que era su motor para seguir. Frente a tantas dudas, por primera vez, reconoció en ese lugar una energía especial, una energía que lo invitaba a quedarse, volvió a dudar, pero esta vez con la certeza de que era momento de escuchar su voz interior. Cansado y sin fuerzas, sentado en el suelo, dejó caer su mochila, ya nada tenía sentido, podía percibir que ese era el fin, ya no podía soportar tanto peso y ese era el lugar que su corazón y su intuición le dictaban para abrir el compartimento. Sintiéndose decepcionado consigo mismo, creyendo haber fracasado ante los ojos de su maestro, abrió el compartimento que tanto lo había atrasado y que tanto le había pesado, con la desesperación de quien abre algo muy deseado, pudo darse cuenta, que en él no había nada.   

Estaba vacío, ¿cómo puede ser? Nunca hubo una carga extra. 

Quedó arrojado en el suelo inmiscuido en sus pensamientos, absorbiendo el aprendizaje que le había dejado el camino, comprendió que siempre fueron sus miedos los que no le permitían ver más allá del cansancio y poder sentir más allá del dolor. Nunca hubo carga alguna, siempre fueron sus miedos, se repetía, una y otra vez, mientras sostenía entre sus manos esa caja vacía dentro del compartimento. Se dio cuenta que su maestro trataba de darle una nueva lección, quizás una de las más importantes. Pudo entender que el camino se hace pesado sólo si nosotros elegimos que así sea. Podemos elegir caernos por la carga o hacernos más fuertes gracias a ella.  

En ese momento supo que debería volver a empezar, una y mil veces más, si fuera necesario, para poder seguir aprendiendo y creciendo. Comprendió que la vida es un complejo laberinto, muchas veces con calles sin salidas como las que le había tocado recorrer en ese momento, pero que siempre se puede y se debe volver a intentar. Aceptó su condición de humano, entendiendo que debería empezar constantemente, cerrando y abriendo nuevos círculos porque de eso se trata vivir, una eterna evolución. Estar en el suelo muchas veces es la única razón por la que debemos levantarnos, necesitó tocar fondo para comprender que sólo de él dependía llegar al final, le habían hecho creer que llevaba una carga extra, cuando, en realidad, eran sus miedos que no le permitían disfrutar de su viaje. Estaba todo tan claro, ¿cómo antes no lo había podido ver?  

Somos una dualidad, cargamos con la luz y con la sombra, decidir a cuál de las dos le damos relevancia para seguir nuestro camino sólo depende de nosotros. Había sido necesario permanecer en la oscuridad para ver la luz que tan bien le hacía ahora, se concentró y agradeció a Dios por los momentos vividos y pudo comprender que el fin era solo el comienzo, el comienzo de un nuevo camino, donde construiría su más grande templo, su castillo, su casa, en medio de esa naturaleza y de esa energía tan especial que alberga ese sitio tan particular en nuestro país. 

Sintiéndose realizado y presintiendo que había llegado el momento de cambiar nuevamente de camino, volvió a su presente para despedirse por un rato de la tierra, sabiendo que no era un adiós sino un hasta luego. 

Contemplando la naturaleza de quien tanto aprendió, confirmaba su creencia de que el ser humano era su reflejo fiel.  

Tenía la certeza que volvería y continuaría desde donde terminó, con más conocimientos, sabiendo dónde y cómo golpear para que esto sea posible. Sabiendo que esto no era el fin, sino un nuevo comienzo, la vida jamás se termina, sólo se transforma. Y así dejó caer sus ojos por última vez, sin cargas, sin miedos, libre de todo y envuelto en una profunda paz, cerró sus ojos con la certeza de volverlos a abrir, cuando la vida y su esencia así lo decidan. Difícil de comprender para aquellos que aún tienen adormecida su voz interior y muy comprensible para los que sospechan o saben conectarse con su yo más profundo. La clave está en poder liberarse del compartimento secreto.  

Y tú: ¿Ya pudiste liberarte del tuyo?  

¡Hasta la vuelta! 

Gabriela Motta, 31/08/2017.

Otro Cuento: La Carta




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.