EL ENCUENTRO DE LOS LOBOS

Boris consultó su reloj por tercera vez, la paciencia no era una de sus cualidades y además el calor de aquella mañana hacía más tediosa la espera. Sentado en un banco de concreto pudo ver como el parque se llenaba con los niños y jóvenes de un colegio cercano. Uniformes grises y sudaderas se alternaban mientras la libertad se hacía presente en las mentes de sus dueños que se disponían a disfrutar el descanso minuto a minuto.

De alguna manera alrededor del rubio hombre se hizo un espacio vacío. No era común ver a una persona como Boris en aquel costado de la ciudad. Sus ojos azul hielo contrastaban con una piel delicada, cabello engominado peinado hacia atrás, manos perfectamente cuidadas y una magnífica estatura. Su vestir sin rayar en lo formal era elegante: jeans, chaqueta azul de gamuza, camisa blanca y zapatos negros que reflejaban el sol ya casi meridional.

Un grupo de tres niñas pasaron a su lado. La del costado derecho volteó a verlo y esbozó una sonrisa que lo invitaba a hablarle aunque fuera por breves minutos. No obstante otra imagen lo hizo perder de vista aquella beldad juvenil. Dos profesores que caminaban a unos pocos metros; una mujer de treinta y cinco años de cabello rubio y un hombre no mayor de treinta que fue el que realmente llamó su atención aunque no lograba precisar por qué.

Efectivamente no era llamativo: mediana estatura, bata blanca, rostro con rasgos finos que daban a su faz un halo de inteligencia lo que era acentuado por unos lentes que enmarcaban sus ojos. Caminaba con las manos atrás, de manera lenta y segura, escrutando con la mirada los movimientos de cada niño bajo su cuidado.

-El canciller. Dijo Boris para sí mismo.

Efectivamente el caminar de este hombre le recordaba a Adolfo Hitler paseando por Rastenburg, su cuartel general, en las mañanas de la Baviera germana. Sí. Era lo que le había hecho mirar a este hombre que aparecía cada cinco minutos después de que obviamente daba la vuelta completa al parque. En el fondo y proveniente del colegio se escuchaban las notas de la sinfonía octava de Bruckner hecho que añadió a la atmósfera un nuevo detalle histórico: esta pieza había sido transmitida por la radio alemana cuando se anunció al pueblo el suicidio del Führer.

Las meditaciones del rubio hombre se cortaron cuando un balón tocó su zapato derecho.

-Me hace el favor…

Dijo un niño que le pareció gracioso por sus grandes dientes que le daban la apariencia de un roedor de caricatura. Boris levantó el balón con la mano derecha y se lo acercó generosamente sin pronunciar palabra pero lanzando una mirada aguda, penetrante, de hielo. El pequeño lo tomó quedando atrapado por un momento en los ojos de aquel gigante rubio, pero intempestivamente se dio vuelta y gritó: -por qué le pegó tan duro negro- mientras otro niño del color del ébano efectivamente recogía la esférica para volver a su mundo de juegos.
Una cuarta repasada a su reloj delató la impaciencia del hombre del banco de concreto que no había notado al jardinero que se colocó frente a él.

-guten tag. Dijo el hombre vestido con un raído overol amarillo y gorra verde, moviendo la mano de izquierda a derecha de una manera felina, ágil, casi imperceptible.

Boris no reaccionó, solo vio el reflejo de un acero mortal ya en lo alto en las manos del jardinero. Estaba mortalmente herido. Su cuello manaba una negra sangre que estalló empapando la blanca camisa de seda. En un movimiento de auto conservación se llevó las manos a la garganta en un intento por retener la vida que se escapaba en cada gota del precioso líquido. Fue inútil.

Los niños que gritaban confundidos corrieron hacia el ancho portón del parque. Solo el profesor iba en contravía de la marea humana mientras que de manera instintiva y rápida se quitaba la bata al tiempo que sus ojos se congelaron en dirección al moribundo. Tomándolo por el pecho lo recostó en el banco enredándole el trapo ya ensangrentado en el cuello.

-Canciller, Dijo Boris con voz apagada casi imperceptible.

-no, soy el nieto del Standartenführer Eichmann. Contestó el hombre en un alemán perfecto, sin acento.

Entonces lo comprendió. Una mueca de ironía que casi esbozaba una sonrisa se dibujó en su rostro. Él, Boris Rausser, el nieto de un criminal de guerra muerto en la orca de la torturada Polonia no había cruzado el mundo para vender armas a los rebeldes de turno. Había venido a este suelo extranjero a morir. Su destino no fue el del mercenario abaleado en un país cualquiera, era el de un soldado que moriría en los brazos de uno de sus iguales, de un hombre que como él llevaba sobre los hombros los atroces crímenes de sus padres.

La sensación de ser un soldado muriendo de sed en el Alamein o un joven infante delirando en la nieve del frente oriental no era del todo falsa. Boris fue todos ellos y a la vez ninguno. Fue su abuelo ajusticiado por los vengativos sobrevivientes, fue el vencido canciller en el Bunker de Berlín buscando la liberación a su miedo, fue el homicida colgado en Sión. Fue todos los hombres del mundo. Ahora estaba muerto.

Autor: Álvaro Lozano Gutiérrez .
Imagen: Revista Surgente.

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