EL GORDO

«Quisiera un castillo sangriento, habría dicho un comensal gordo»

Julio Cortazar.

Se había hecho experta en calcular el tiempo de los semáforos. La mañana, siempre tan escasa, le había obligado a desarrollar su rutina de belleza dentro de ese gigante rojo que la conducía al trabajo. La pestañina, el labial, la base, el esmalte y el espejo que devuelve la imagen, ahora mejorada, de una mujer joven entre el barullo y los cuerpos del Transmilenio a la hora pico. Dos gotas de perfume en el cuello y las muñecas, y alizar los pliegues de la falda. Entre la estación Molinos y Jiménez, los semáforos cómplices conspiraban para ampliar su belleza y dejarla como nueva para otro día de oficina.

Al levantarse notó la humedad en su cuerpo y casi por instinto tocó su frente en busca de las gotitas de sudor que más que el bochorno revela la cantidad de gente acumulada en el sistema. Entonces sus ojos chocaron con la imagen grotesca y un olor que casi la derrumba entre un hombre de corbata y dos mujeres ojerosas que hablaban a punta de gritos y graznidos.

Una inmensa mancha de sudor, en una espalda más inmensa aún. Era tal vez el hombre más gordo que había visto.

– Tranquila mami que yo también me bajo.

Su mirada se desvió hacia los pasajeros sentados e indiferentes, que no obstante la veían con lastima.

Parece un armario, se dijo, una calabaza gigante, un buey, un bulto de patillas, un hipopótamo, un planeta, un objeto errante buscando su par gravitatorio o la luna robando los rayos del sol. Doscientos cincuenta kilos o más de carne maltrecha en una camisa barata y unos pantalones de terlenka de esos que ya desde que salen del almacén parecen haber sido usados por todos los protagonistas del nueve de abril al mismo tiempo.

Y no salió…

La puerta abierta detuvo el intento del gordo de abandonar el barco y no obstante ella sabía que las ballenas pugnando contra el metal pueden hundir los que sea.

– A ver vecino o sale o entra, pero la puerta me toca cerrarla.

– No ve que no puedo hijueputa, estas mierdas las hacen cada vez más chiquitas, mas bien colabore.

Y todos empujaron al gordo…y el gordo no se movió. Alguno sugirió traer mantequilla y embadurnar el marco. Otro, mientras grababa con su celular, que esperaran el sol de mediodía para que el sudor lo sacara solo.

El alcalde al ser informado primero dijo que la culpa era de las chambonadas de la administración anterior y luego que se estaba haciendo un estudio para hacer el sistema más incluyente para las personas “de tallas por encima de las grandes”. Seis horas después dio un comunicado retractándose cuando un grupo de enanos argumentaron en redes sociales que las palabras del pedazo de burgomaestre los excluía del transporte público.

El ESMAD, experto en solucionar entuertos que incluyeran bloqueos de todo tipo, le dieron bolillo, varias descargas de electricidad, litros de agua rociados desde una tanqueta blindada y gases lacrimógenos por sospecha de sedición. Al fin compadecidos le llevaron cuarenta empanadas y una gaseosa de tres litros.

– Por qué el susodicho gordito se ve pálido y no vaya a ser que desfallezca y la turba mamerta nos lo termine cobrando.

Al alcalde anterior habló de la mafia de las puertas y una senadora, histérica hasta el paroxismo, de la corrupción de las básculas en las EPS. Y hasta se llegó a decir que las frondosas curvas del sujeto eran una estrategia de las FARC para tomarse el país desde el mismísimo centro de la capital.

– Pues ese mastodóntico ser demuestra que esa tal paz de Santos no existe.

Y como no, los candidatos presidenciales llegaron a dar soluciones que iban desde abrazarlo con ternura hasta romperle la cabeza a coscorrones…hacerle una liposucción in situ después de estudios técnicos y contrataciones con consorcios internacionales o mandárselo a Maduro para que lo matara de hambre.

El tema del gordo tuvo connotaciones internacionales a tal grado, que Vladimir Putin exigió un bombardeo al reconocer en la cara del obeso el rostro de uno de los líderes de estado Islámico que había subido de peso absurdamente para confundir a los servicios secretos del Kremlin. Donald Trump urgió la terminación del muro en México pues una nueva raza de sudacas, ahora sobre alimentados, ponían en riesgo el modo de vida americano. Entre tanto la liberal Francia pidió ampliar los derechos por metro cuadrado a la par que lanzó la campaña en redes sociales:   Nous sommes tous La graisse. Todos somos el gordo.

Las calles de Bogotá se llenaron grafitis que los jóvenes universitarios, rebeldes por naturaleza y las nuevas ciudadanías, tan bien pensantes y correctas, pintaban para llamar a un cambio social.

LIBERTAD A SIMON TRINIDAD Y AL GORDO.

GORDO, VOS SOS LA REVOLUCIÓN.

GORDITOS DEL MUNDO UNIOS.

LAS BARRERAS SON PARA LOS SUEÑOS Y PARA LOS GORDOS…LIBERATE.

ABAJO EL SUFRIMEINTO DE LOS ANIMALES…POR UN PAÍS VEGANO Y SIN GORDOS.

Pero al fin en un país hecho de olvido la historia del gordo se vio relegada al sótano de las anécdotas inverosímiles. Lo desplazó una granizada que colapsó el techo de la Universidad Nacional y después le revocatoria del gerente de Corabastos por relaciones sospechosas con las frutas y las verduras. Las redes giraron sus ojos hacia el problema de una alimentación sin alcachofas y cómo el calentamiento global es causado por el excesivo consumo de pornografía que sube de manera notable la temperatura de los cuerpos.

Del gordo realmente nada se sabe, solo que se llamaba John Jairo y que salió caminando de la estación de Jiménez comiéndose una lonja de bocadillo veleño y silbando una canción de Queen.

ALVARO LOZANO GUTIERREZ.

Colectivo Alebríjes.
Ilustración de la artista Rebeca de no fun.

Otro cuento del autor: El encuentro de los lobos