el hombre más triste

El reloj marcó las ocho menos diez y se dio vuelta con el afán de dormir un rato más, su día no auguraba ser muy prometedor. Al cabo de media hora, sin poder conciliar nuevamente el sueño se levantó: primero un pie, luego el otro.  

 Fue al baño, se miró un largo tiempo en el espejo. Abrió la canilla para lavar su rostro recién amanecido, tarea que no concretó ya que no había agua caliente.  

 Volvió al dormitorio donde se vistió para ir a trabajar, desayunó una taza de café frío que le había quedado de la noche anterior y se fue cerrando la puerta.  

 Caminó sin la precaución de esquivar los charcos que la lluvia había formado en la vereda. 

 Llegó al trabajo, saludó a sus compañeros y ocupó su puesto hasta la hora del almuerzo. Fue el único momento del día en que se levantó de su lugar. Cruzó la calle y comió algo en la tienda de comida rápida que se encontraba justo en la esquina de la oficina. Pronto regresó a sus tareas, donde permaneció hasta la hora de la salida.  

 Caminó de regreso a su casa, pisando los mismos charcos de la mañana, abrió la puerta, tiró las llaves y se sentó en el sofá. Encendió la tele y permaneció allí hasta las ocho menos diez, momento en el que se levantó, fue hasta la cocina preparó un café y guardó el resto para la mañana siguiente.  

 Fue al baño, se miró por unos largos minutos en el espejo, después se puso el piyama y se acostó a dormir, deseando tener en sus sueños una vida diferente para cambiar, aunque fuera por unas horas, el infierno en que se había convertido su existencia.

Gabriela Motta.
24/08/18
Montevideo. 




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.