El naufragio

Allí mientras flotaba en medio de lo que sería lo último que viera en vida. Jonás sintió el aroma de las lilas, esas mismas del valle que trascendía a su presencia, su aroma único y suave. Vibraron sus más ínfimas fibras, su cuerpo estaba danzando a través de las nubes, el frío de las aguas nocturnas del mar se hacía cada vez más cálidas. Mi mente agotada debe estar alucinando pensó Jonás, porque luego siguió el más tenebroso viento de las soledades, donde el inefable vacío consume todo a su alrededor.

Mirando su alrededor con ese sentimiento de tristeza y alegría con el que se recuerda un pasado mejor. Todo el equipaje que acompañaba su osada travesía flotaba remembrando así la nostalgia de Jonás, quien fungió en un silencioso llanto como un niño atemorizado y atónito.
Un grito intenso y cíclico empezó a escuchar, era molesto y retumbaba en la cabeza de Jonás. – ¡Es muy molesto! no lo soporto. Se volvió una jaqueca con la que tuvo que lidiar.

En ese instante, ni el folklore que lleva en sus venas y el alucinante sentido descontrolado con el que observaba la vida, pudieron sacarlo del desasosiego en el que se encontraba. Ya en el horizonte se observaba una gran ola que amenazaba con extinguir su existencia sobre toda la faz de la tierra. Le parecía tan exagerado que tal fuerza brutal de la naturaleza fuera necesaria para terminar su vida, siendo él un ser tan pequeño en medio de la inmensidad del mar.

El choque era inminente y su paso fue devastador. Jonás preparado para el final vio sepultar su vida sobre aquella ola. Mientras era sepultado por reflejos o instinto, usaba todas sus fuerzas chapoteando por salir y lo único que veía eran luces fluorescentes que penetraban sobre las aguas. Con lo último de sus fuerzas intentaba aferrarse a su vida.

Mientras se hundía, renació el olor de las lilas y con ello desapareció todo. Sólo recordaba los momentos en que su corazón efervescente amaba. Las noches en las que la distancia los unían. Eran sus almas dos tórtolas volando juntas e inseparables. Dos seres palpitando a una misma frecuencia. Me extraviaba en el azabache de su mirada, mientras la seguía a todas partes donde su iris fuera, viajando hasta el interminable horizonte. También subía a la luna en las noches donde despuntando su furor nos alumbraba haciendo eco al furor intenso del halo que cubrían los sentimientos mezclados. Como niños mientras hablamos y reímos, de las vicisitudes y locuras que dejan los días, volvía a la luz de la realidad o tal vez fantasía al contacto de sus manos. Nunca entendió como todo aquello había sucedió y que el tiempo juega tan inexplicablemente, cruzando dos seres de forma ininteligible convirtiendo lo inimaginable en real y dejando a su efímero paso una huella perenne. Jonás siempre pensó que aquello era lo único en lo que quería naufragar por el resto de su vida y no en medio de aquella vasta tempestad.

Luego, sintió una fuerte presión sobre su pecho, Jonás sabía que el agua inundaba sus pulmones. Luego sintió las gotas salinas adentradas en su laringe. Sentenciado al fin, es sabido que, sobre el final, se ha remembrar lo más hermoso. En eso, sintió la extraña catarsis de nacer bajo unos labios mojados, ascendiendo sobre su néctar que únicamente emanaba de aquellos que tanto deseó. Fundido en la más pura sensación, sintió la plenitud de su vida, a lo que desistió de sus fuerzas y sólo se dejó llevar cuesta abajo, con lágrimas cayendo sobre sus mejillas.

Todo oscureció, bajo la pesadilla del silencio. Y se restauró en una sala aséptica y blanca, el aroma de las lilas aún permanecía y extrañas siluetas aparecían a su lado. Al aclarar su vista, su vida volvió al color y su mirada volvió al brillo, cuando frente a él, su azabache mirada se encontraba allí ante sus ojos.

Fin

Autor: Dayán J. Méndez Vázquez.