«Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.»

  Jorge Luis Borges  «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz»

I

En un lugar de Macondo de cuyo nombre no quiero acordarme… ¿comienzo pretencioso? Tal vez, pero es que esta historia es tan  fantástica, tan  inverosímil, tan maravillosa, tan hijueputa, que solo puede venir del país con molinos de viento y quijotes o de Gabos con mariposas amarillas…como venía diciendo, allá en Macondo vivía Antonio con clarita, su madre.  De leer más bien leer no le gustaba, lo que si hacía todos los días como una adicción fetichista era dedicarle ocho o diez horas a la televisión.

Al principio veía de todo: películas gringas, muñequitos japoneses y culebrones mexicanos, partidos de fútbol, reinados de belleza y concursos para hacerse rico de golpe. Pero con el tiempo se especializó en las muy ponderadas novelas macondianas sobre los nuevos ricos: los narcos o mágicos como los llamaban en medallo. El capo, sin tetas no hay paraíso, al cartel de los sapos, las muñecas de la mafia y una larga lista de etcéteras. El tema lo obsesionaba, tanto que un día le preguntó a David, el cucho de literatura cómo saber más sobre el tema. Le dejó una larga lista de etcéteras, pero ahora con libros, eso sí, con una estricta jerarquía de aquellos que de primera podría entender: No nacimos Pa semilla, Rosario tijeras, y la virgen de los sicarios, este último con película y todo.

Así también llegó al cine: el padrino con dos partes y un malísimo apéndice que lo acercaba más a una mala ópera que a una buena trilogía, Buenos muchachos, Casino, Scarface y muchos más etcéteras más digeribles que los libros.

Tres años, dos meses y un día pudo dedicarle a su obsesión siendo todavía Toño, después todo se vino a la mierda y sucedió lo que normalmente ocurre en Macondo, terminó en una situación que nadie puede creer o narrar a menos que sea un Borges o un Poe con gatico negro y todo.

Antonio Padilla, lo llamaron en su salón de clase y ahí terminó la vida de Toño, para dar a luz a la de don René.

Clarita había muerto, sin más,  y como esta historia es la de él y no la de ella, no diré más que eso: murió.

Del que si hablare es de Toño, encerrado semanas sin comer ni dormir viendo el capo, el patrón del mal y los videos traquetos de radiola tv. Las películas y los libros vinieron después a completar su rito de transformación. Cuando César, su tío, le golpeó por qué ya estaba preocupado, solo escucho un seco y contundente:

– ya negocie la casa, mañana me voy.

II

-mija vaya y limpie esa mesa, o es que no tiene ojos.

Ángela estaba cansada de limpiar mesas, estaba cansada de esperar una vida que no iba a llegar, estaba cansada de estar cansada.

-ya voy, es que estaba lavando el trapo.

Las mesas, los borrachos, las miradas llenas de  lascivia y  morbo sinceramente ya no sabía que era peor.

-otra pola, le dijo un cliente ya familiar. Mientras posaba los ojos en el trasero de la mesera.

De pronto entró una persona desconocida. Le llamó la atención por una camisa colorida de esas que usa la gente en la playa, bueno como lo mostraba la televisión, y unas botas de vaquero cafés muy vistosas.

-una botella de sello negro,  dijo el desconocido

-¿de qué?

-de Whisky, sello negro o Johnnie Walker y bastante hielo.

– de eso no tenemos, aguardiente, cerveza o si acaso ron, pero me tocaría traérselo.

-tome tráigame más bien la de whisky, y quédese con las vueltas.

Le alargó varios billetes de cincuenta, Ángela los tomó mientras le sonreía.

-Ya se la traigo don…

-René, dígame René a secas.

Ese día comenzó una relación que iba a cambiar la vida de ambos.   Ella había visto hombres como René en su pueblo a sur del Tolima. Se habían enriquecido con la coca, y aunque  no tenían estudio eran muy poderosos, incluso más que los políticos y el ejército.

Tal vez esto fue lo que más le atrajo de René, un hombre que podía protegerla, que le mostrara el mundo, que la sacara de ese lugar que olía a cerveza y apestaba a miradas llenas de morbo. Las visitas fueron más seguidas y un día salieron a celebrar su cumpleaños. Oso gigante, cine y hamburguesa, nunca nadie la había dado tanto.

Se entregó a él, entre temores y sabiendo que quería irse lejos, que él era el pasaje a otra vida. Que tal vez no lo amaba pero lo necesitaba. Igual los regalos se multiplicaron y fueron cada vez más costosos: collares, vestidos, zapatos, dinero hasta que el esperado anillo llegó y entonces supo que iba a cumplir su sueño: iba a ser la mujer de un narco.

 

III

Todo el barrio hablaba de él y lo respetaba. Don René el señor de la casa grande.

La había alquilado toda y se explayaba en los cuatro pisos donde puso muebles grandes y estrafalarios, dos televisores gigantes una licorera y una biblioteca, lo que le hacía parecer un hombre duro pero culto. Las filas de personas pidiendo ayuda a veces superaban la cuadra: plata para el arriendo, para el mercado, un hijo en la cárcel, un trabajito. De alguna manera llegó a manejar el barrio, a ser querido por la gente, especialmente por Sancho un campesino caqueteño que trabajaba haciendo los mandados y que tenía prometida una ruta para él solo, para ser un narco como la ley manda.

Pero como dijo el filósofo Héctor Lavoe “todo tiene su final, nada dura para siempre” y René noto que sus finanzas comenzaban a escasear.

-carajo, solo quedan 50 millones.

La caja estaba casi vacía y su mentira peligraba con venirse abajo.

Entonces pensó en Ángela, en el amor que le profesaba, en que nunca podrían encontrar una mujer como ella. Pensó en irse y llevársela lejos, decirle que se tenía que retirar del negocio y que comenzarán una nueva vida. Pero ¿cómo?

Después de días de insomnio y de consultar su biblia: una edición de lujo del padrino de Mario Puzzo lo vio, le diría que había negociado con el gobierno, una extensión del poder narco paramilitar, y que lo iban a dejar libre pero le quitarían todo el dinero y las propiedades: las fincas, los aviones, los carros, el poder. Estaba seguro que ella se conformaría con una casita pintoresca, una moto y un marido trabajador.

Se arregló y esta vez no vio en el espejo al poderoso René, volvió a ver Antonio y como hace mucho tiempo no pasaba se sintió libre.

Escucho la puerta abrirse y los pasos apresurados de Sancho Quintero por la escalera. Su rostro estaba pálido y sudoroso. Tomó aire para  a duras penas poder decir.

-Jefe…jefe…nos cayó la DEA.

 

Texto: Álvaro Lozano Gutiérrez.

Imagen: Jeisson Hernandez.

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