El viaje



De lejos lo vi sentado debajo de un árbol, me le acerqué y me dijo: 

– Ven, toma esto, dame la mano y viajemos. 

Lo miré con la cara de quién ve a un desconocido por primera vez y le pregunté: 

– ¿me hablas a mí? 

– Sí, respondió. 

Confundida, pero con curiosidad de saber a dónde podríamos llegar tomados de la mano, le dije: 

– Viajemos, dámelo, toma mi mano y llévame lejos. 




Al tomar, me teletransporté a otra realidad, no sé cómo explicarlo, pero era como una alucinación. Viajamos durante horas, la realidad se hacía lejana e intensa a la vez, mi cuerpo estaba ahí, mi alma, ¡NO! De inmediato y como si estuviera en un sueño me despertó el ruido de una puerta abriéndose por el viento. El sonido agudo e intenso no me permitía comprender lo que estaba sucediendo. Tenía mucha pereza para caminar hasta ella y cerrarla así que intenté acostumbrarme a su persistente melodía. 

Inmediatamente y como si fueran cómplices de una conspiración para no dejarme volver, escuché en la pileta de un baño el poic, poic, poic de unas insistentes gotas de agua que luchaban para no extinguirse. 

Comenzaba a ponerme nerviosa, me pregunté ¿dónde estoy? ¿qué hora es? Y enseguida me arrepentí; porque escondido en el silencio de la noche estaba el tictac del reloj que hasta ese momento no había sido advertido por mis sentidos. 

El silencio había abandonado por completo mi tranquila noche y en su lugar había una orquesta de sonidos cotidianos, que con la luz del día pasaban desapercibidos, pero ahora en la noche y con el efecto de «eso» se volvían armas masivas de polución sonora. 

Desposeída por completo de mi realidad, cerré mis ojos y en mi cabeza hice danzar cada uno de ellos como si fueran notas musicales, construyendo una sinfonía sin fin. 

Y me dejé llevar por ese trance inimaginable, por cada uno de esos sonidos hasta que desperté nuevamente en mi realidad, más específicamente en la jefatura de policía, escuchando esta vez la enojada vos de una amiga que me decía: 

– Es la primera y la última vez que te vengo a buscar en la mitad de la noche, te encontraron tirada en la vía pública con un desconocido ¿en qué estabas pensando cuando tomaste esos alucinógenos? 

Yo desconcertada y aún escuchando en mi cabeza esa extraña sinfonía le respondí: 

– No, en realidad, no pensaba en nada, él me dijo viajemos y yo pensé ¿por qué no? Y lo increíble es que no sé cómo, pero viaje a un mundo de sonidos perturbadores y tranquilizantes a la vez. 

Mi amiga, me miraba con cara de no dar crédito a lo que yo le estaba diciendo, me observaba, y estoy segura que pensaba que había enloquecido; yo en cambio sabía que había sido una locura el dejarme llevar por la invitación de un extraño, pero no comprenderán mis razones si me pusiera a explicarlas, así que me las guardaré y atesoraré este episodio en mi interior, como una anécdota de un viaje que pudo haber sido sin retorno. 

Gabriela Motta.
27/02/2018.
Montevideo. 

Otro cuento sugerido: El recolector y su punto de vista




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.