El Vuelo


El Vuelo

Una mañana de primavera abrí mis alas y volé. 

«Ahora nadie me detiene, el verano me espera» —pensé.  

Qué ingenua fui, me olvidé del viento y de las oscuras nubes, esas que anuncian la tormenta voraz.  

También me olvidé de las aves, dueñas perpetuas del cielo, quienes compartirían mi camino independientemente de mi voluntad. Quizás sin pretenderlo, solo quizás, por momentos se convirtieron en obstáculos: unas me cedieron el paso, otras no obligándome a seguirlas. 

También me olvidé de la nieve que enfría el alma y congela hasta el más plausible vuelo. 

Y entre tanto olvido, aunque supongo que siempre lo supe, olvidé recordar que invariablemente el sol retorna. 

Para mí fortuna, claro, siempre dispuesto a calentar mis alas secando mis plumas de una manera improvisada.  

El sol derritió la nieve y brilló, borrando del cielo cada nube negra. 

Seguí su luz y sin planificarlo un día aprendí a volar con las aves, esas que al principio me obstaculizaron; ahora volamos a la par y nos convertimos en una gran bandada. 

Y entre olvidos, sombras y luces llegué a mi meta cuando las últimas hojas del otoño comenzaban a caer anunciando la proximidad del invierno. Esa no era la estación en la que me había proyectado llegar, pero el camino me enfrentó con adversidades que nunca hubiera imaginado. Lo importante es que llegué. Con el camino trasformado y la satisfacción de sentirlo propio.  Al fin y al cabo, había logrado convertir un vuelo inexperto en un planear sereno y constante.  

Abrí mis alas y percibí que ya no eran las mismas, el tiempo, el viento, la lluvia, el sol las habían modificado, pero no importó porque por fin había aprendido a volar en libertad.  

Texto y Fotografía: Gabriela Motta 
08/11/18 
Montevideo 

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Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.