En los tejados

En tiempos de cuarentena el techo de la casa puede ser un buen refugio, sobre todo si tenés hijes demandantes y exigentes. Es simple, te mandas al techo un rato, que se puede prolongar por unas cuantas horas. Te llevás una frazadita, la cámara y el trípode, e intentas fotear las estrellas. Y si querés, acompañas el viaje galáctico con un cigarrito y el cometa Halley se aparece de repente sin respetar los años de sueño profundo en el que se sumerge. No está mal habitar los techos propios. Un silencio desconocido te atrapa y te agudiza el oído…y la vista. El vecino tiene hambre y putea porque no quedan bifes en la heladera. Su esposa lo ignora y continúa arreglándose las uñas. Su perro se excita porque me ve en el techo. Me debe confundir con un gato, que son varios los dueños de mi techo. El vecino le grita para que se calle, pero el firulais está re nervioso, entonces me voy para el otro lado para que no cobre. Pobre firulais. Un gato me está mirando. No me gustan mucho los gatos, solo los de Cortázar y Osvaldo Soriano, a ellos les quedan bien los gatos en sus cuentos. A mí me dan miedo. Y son varios. Los escucho maullar desde mi habitación y se me paraliza el corazón. Pero los tengo a mi lado, es su territorio y los estoy invadiendo. Aún el sol no cayó del todo y los enfoco con mi lente. Me parece que las fotos de gatos en las tapias y los techos tienen onda, pero a mí no me salen, los gatos se van y no tengo tanta luz para congelarlos. Bueno que se vayan. Mis hijos gritan y me preguntan dónde estoy. Les digo que subí a arreglar el cable. ¡Tengo hambre ma! Los ignoro. Del otro lado del techo la escena se pone picante. Hay dos vecinos que están rompiendo la cuarentena. Parece que él se cruza por la tapia, más vale, yo haría lo mismo si tuviera un amante. Ponen Las Pastillas del Abuelo al mango y no les importa nada. Ella vive sola y el con su mamá, una vieja soreta que no devuelve las pelotas cuando se caen, o si vuelven vienen pinchadas, ella dice que el perro las pincha, la cuestión es que ahora anda a los gritos llamando a su hijo para que vaya a cenar, pero él está cenando en otro lado, cuak.

La verdad esto se pone bueno, me olvidé un poco de las estrellas, pero el efecto del cometa Halley está buenísimo. Son las 21. No recuerdo bien el motivo de hoy, pero la otra vecina está aplaudiendo. Aplaude sola pobre. Vuelvo al cielo, Intento calibrar el trípode, nunca saqué fotos a las estrellas y me parece que está bueno aprovechar este tiempo, pero la sirena de la policía me distrae de nuevo. Me acerco lo más que puedo y veo que los cobanis estacionan el auto en la puerta de mi casa, se bajan y tocan el timbre. Escucho el grito de mi hijo y casi me mato intentando meter bien el pie en la escalera para bajar. Me acerco a la ventana y me preguntan si está todo bien, que un vecino denunció que había movimientos en mi techo. Les explico que era yo tratando de sacar fotos a las estrellas mientras mis hijos lloraban y en medio de esa crisis de llanto y las caras de los vecinos curiosos que miraban por las ventanas, le pregunto al rati si estar en el espacio aéreo de la casa de uno es romper la cuarentena, se ríen. Les convido un pucho y me meto a hacer la comida.

Autora: Victoria Bouchard, de Córdoba, Argentina. Fotógrafa y Lic. En Comunicación Social. Mamá de dos niñes.