la gran fiesta

Estaba todo preparado, los manteles blancos impolutos, la mejor porcelana que había en su casa y los cubiertos de plata herencia de sus antepasados ricos. Enormes arreglos florales adornando el comedor, lugar donde se iba a dar la memorable ceremonia.  La abuela y toda su descendencia se reencontrarían luego de 20 años. No podía faltar nadie ni siquiera los otros. Categoría a la que pertenecían todos aquellos que no formaban parte del clan sanguíneo, eran considerados inferiores, se los discriminaban hasta cuando pretendían elogiarlos, era un hábito instaurado en el ADN familiar. Pero se disimulaba con una falsedad casi imperceptible, ellos siempre serían esos que vendrían de manera natural a romper con la “armonía” establecida.  

II 

La falsedad.  Virtud que se defendía casi como el honor, generaciones enteras veían como las mujeres del clan celaban a sus hijos, ocultando esa emoción con una gran sonrisa. Nunca se habían atrevido a cuestionar ese mandato, era algo que se transmitía inconscientemente de madres a hijas y de padres a hijos. Lo que también se transmitía de manera casi imperceptible era el odio hacia las nueras, quienes pasaban por un nivel de exigencia muy alto, inalcanzable —diría yo. Esas pobres mujeres aguantaban lo humanamente posible, pero en la mayoría de los casos tarde o temprano salían huyendo, sin embargo, las que lograban soportar el maltrato eran toleradas, pero jamás aceptadas. Los yernos no corrían con la misma suerte ya que eran venerados y adulados por todos, hombres y mujeres. 

III 

La abuela.  Ser humano despreciable, elevada a un nivel casi de santa, arrogante, dictadora, territorial y dominante. Los tenía a todos controlados y el que se atrevía a desobedecer sus mandatos era excomulgado del clan. Un ejemplo visible era el del tío Juan, que, por salirse del camino terminó siendo “regalado” a los 14 años para una familia pudiente que no podía tener hijos, dicen que fue su elección y que ahora vive felices con ellos, pero en realidad nunca se supo nada más de él. También estaba la tía Petrona, quien una tarde tuvo la osadía de confesarle a la abuela que estaba embarazada y que debido a los constantes abusos cometidos por su tío Lucas no sabía si el hijo era de él o de su novio. Entonces para evitar que se filtrará semejante escándalo y se arruinará el tan cuidado honor familiar fue enviada a trabajar a la capital como doméstica, con un embarazo de cuatro meses. De esa manera la abandonaron a su suerte y al igual que el tío Juan, nunca más se supo nada de ella ni de su bebé. 

IV 

Las tías moralistas.  Esas, que defendían la pureza divina y la virginidad por encima de sus vidas, solteras desde siempre ya que debido a los constantes abusos sufridos en su infancia habían adoptado un rechazo natural hacia todo lo masculino.  

El abuelo.  Figura patriarcal, respetada y elevada hasta el nivel de dios, no opinaba, no decía nada ya que hacía varios años había muerto, pero su presencia se sentía como si estuviera allí. Sus hijos se encargaban de reproducir su legado, y sus hijas también, porque el machismo en esa familia era perpetuado y defendido como propio hasta por las mujeres, unas lo hacían de manera inconsciente otras conscientes, pero todas sin elección o al menos eso le habían hecho creer.  

VI 

Las nuevas generaciones: tampoco escapaban de este panorama aterrador, pues si todo seguía igual serían las futuras víctimas de ese machismo perpetrado o, lo que es peor, lo terminarían legitimando. 

VII 

El reencuentro.  Se llevó a cabo a pesar del panorama nefasto, repleto de cosas sin resolver, de traiciones ocultas, de violaciones y abusos aceptados y silenciados por el bien familiar, de muertos no muertos y de vivos que padecían la culpa y el dolor de pertenecer a ese clan macabro por no tener el valor de romper con esa cadena de horror. Pintaron su mejor sonrisa, se vistieron acorde a la ocasión, sacaron a relucir sus logros y sus bienes, escondieron toda su miseria, desdicha y sufrimiento. 

VIII 

El brindis.  Llegado el momento la abuela fue la primera en alzar su copa y propuso brindar por el pilar de la familia “el abuelo”, sus hijos siguiendo con el ejemplo, brindaron por sus enseñanzas, las hijas no se atrevieron a brindar porque no correspondía. Y fue así como en medio de ese bullicio se escuchó la voz de una prima la que nunca decía nada, la que siempre estaba como en otro mundo, la criticada por todos en esa mesa. 

IX 

La prima.  Elevando su copa dijo:  —Yo también quiero hacer un brindis. Brindo por el silencio, por el mío, el de la abuela, el de mis tías, el de mis primas, el de mis hermanas y el de mi madre, brindo también por esta copa que se acaba de romper —dejando caer de su mano la copa que sostenía en alto. Todas y todos se miraron con una expresión de asombro y una sonrisa contenida, se podía leer sus pensamientos: «esta vez sí enloqueció». 

Ella sin embargo continuó: — así como la copa mi silencio también se acaba de romper. 

Salió del comedor esquivando los vidrios rotos y se fue dejando a todos desconcertados, logrando borrar la sonrisa contenida de sus rostros, porque en esa familia todo se podía romper menos el silencio.  

Gabriela Motta 

17/01/19

Montevideo

Lectura sugerida: http://cuentoscortos.co/La mosca en la sopa




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.