La habitación número 17

La recepción del hostal estaba ubicada justo delante de la habitación 17, sus paredes eran contiguas, pareciera que el destino ya lo tuviera planeado de antemano. La persona encargada del turno de la noche lo tenía muy claro, pues había colocado cuidadosamente cada artefacto para decorar aquella insulsa pared. Noche tras noche se ocupaba personalmente de escoger a quienes instalaría en ese cuarto, con el único fin de saciar su inconfesable vicio. El hostal siempre era visitado por nuevos y excéntricos viajeros. Eso era estupendo, porque así jamás podrían descubrir su secreto.

Sonó el timbre de la recepción, levantó los ojos y pudo vislumbrar una pareja corriente, «nada más aburrido que eso» —pensó. Era el primer indicio de que esa noche no sería muy prometedora, un motivo más para no seguir prolongando la espera, así que les designó las llaves de la habitación 17.

La pareja las tomó y prosiguieron su camino. En ese preciso momento comenzaba la diversión para quien se encontraba justo detrás de aquella pared, se acomodó en la silla que también estaba ubicada estratégicamente en aquel rincón justo al lado de un inocente cuadro. Sus manos transpiraban, con cada minuto que pasaba la ansiedad iba en aumento. Sin embargo era consciente que no debía dejarse llevar por su deseo. Era necesario esperar el inicio de la serie, cuando está comenzaba todos rutinariamente en aquel lugar se encerraban y por aquella recepción no pasaban ni las moscas.

El reloj se convertía en un verdugo cada vez más indomable, lo observaba fijamente acechando cada minuto, sintiendo cómo se aceleraba su ritmo cardíaco deseoso de acción.
Por fin se hicieron las diez en punto y entonces dio inicio al ritual. Encendió la televisión, subió el volumen y se acurrucó en el rincón de la pared, levantó el cuadro por su vértice inferior y permaneció en silencio…

Sin embargo para su desconcierto esa noche sería diferente, porque la pasión se transformó en ira y el deseo se tiñó de rojo.

No quería seguir espiando porque sabía que se convertiría en cómplice de lo que allí ocurría, pero su condición de voyeur no le permitió hacer otra cosa, una excitación macabra corrió por su cuerpo imposibilitándole arrimarse hacia la habitación contigua para tratar de detener el crimen. Observó y sintió cómo sus cuerpos se excitaron, el suyo junto con el de ellos y fue testigo de cómo ella sacó de entre las sábanas un puñal y se lo clavó justo en el medio del pecho, una y otra vez. Mientras él, aún en éxtasis, no podía comprender porque de golpe su cuerpo se veía envuelto por el dolor y el frío de la muerte que iba entumeciendo lentamente sus músculos. Los gritos de aquel desdichado hombre fueron camuflados por el televisor. Después de asesinarlo ella enciendo un cigarrillo y se dispuso a ver la serie, mientras a su lado yacía el cuerpo bañado en sangre de su amante.

Entre tanto, en la habitación contigua el ojo silencioso y para entonces cómplice de tan cruel asesinato se encontraba con sus sentidos acelerados, recuperándose de aquel mórbido y extraño momento, de aquel sentimiento nuevo entre el placer y el horror, un sentir inexplicable y peligroso.
Colocó el cuadro en su respectivo lugar cuidando cada detalle, camuflando de esta manera su perverso actuar y en silencio clavó su mirada sobre la tele, como si nada hubiera pasado.

Cuando por fin comenzó a amanecer, ella salió de la habitación, le dijo que su compañero dormiría hasta más tarde, pagó y se fue.

Minutos después llegó su relevo señal que la noche había finalizado.
Saludó sin mucho entusiasmo y caminó hacía la puerta de salida pensando que al fin y al cabo los viajeros del 17 no eran tan corrientes como parecían.

Gabriela Motta
08/01/19
Bella Unión 

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Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.