La maldición de don Severino.

«Párate enfrente de la puerta del fondo cuenta 20 pasos hasta llegar al árbol, escarba en ese lugar y te encontrarás con una tapa de fierro, retírala y continúa excavando hasta encontrarte con una olla. Ábrela y verás que está llena de monedas de oro tómalas son tuyas yo te las regalo.»

Así era el sueño que recordaba doña Guillermina, esas eran las palabras exactas que le había dicho aquel hombre para que ella fuera y desenterrará su fortuna en oro. Rememoraba claramente como aquel señor de galera y bigotes peinados le mostró con exactitud el lugar donde había escondido su fortuna, también era inevitable rememorar el pavor que le provocó ver a tan distinguido señor en sus tierras.

No obstante, ella no quería ese regalo. Decía que no sabía la procedencia de ese dinero y además eran miles las historias que conocía sobre personas que habían aceptados esos regalos y habían sido infelices toda su vida, así que por las dudas no quería arriesgar la felicidad que tenía junto a su familia. Aunque inconscientemente el deseo de saber si había oro en ese lugar la inquietaba, repetía la historia una y otra vez para su hijo Marcos y su esposo Hilario. Ellos se habían acostumbrado a escuchar aquel relato en silencio y sin decir nada.

Don Hilario no era un hombre de creer en fantasmas, pero la historia de su mujer lo dejaba algo inquieto. Antes de alquilar su casa, en el pueblo le habían advertido que esas tierras estaban vigiladas por el alma de don Severino el estanciero decapitado. En el pueblo se escuchaban diversas historias sobre don Severino, pero la que tenía mayor aceptación era la del oro maldito. Se decía que él no podía descansar en paz hasta encontrar un heredero para su fortuna que se encontraba enterrada en algún lugar de su propiedad. Sostenía la leyenda que no cualquiera podía apropiarse de ese tesoro, sino que él debería regalársela al afortunado, de lo contrario su alma seguiría al impostor por el resto de sus días. Hay quienes iban más lejos y afirmaban que aquellos forasteros que se habían aventurado en buscar su oro habían sido eliminados por el mismísimo Severino.

Don Hilario nunca había comentado nada de esto con su familia ya que sabía que se impresionaban fácilmente con esas anécdotas, pero ahora el sueño de su esposa de alguna manera confirmaba el cuento que le habían hecho los vecinos del pueblo de Bella Unión. De ser así y suponiendo, solo suponiendo, que todo eso fuera verdad su esposa sería la persona elegida por don Severino para recibir su fortuna y así permitir que su alma descanse en paz.

Por su parte Marcos, cada vez que escuchaba la historia en lo único que podía pensar era en desenterrar aquel tesoro.

—Cuando sea grande mami, voy a cavar yo mismo y sacar tu tesoro —decía el niño— que en ese momento era tan solo un pequeño.

—Déjate de decir pavadas, si quieres ser millonario anda a trabajar —le replicaba doña Guillermina.

Sin embargo, después de aquel sueño sus vidas ya no volverían a ser las mismas. Con el paso del tiempo comenzaron a sentir ruidos extraños debajo del árbol, era cómo si alguien quisiera recordarles que ahí había algo que les pertenecía.

Cierta noche, llovía torrencialmente, don Hilario regresaba a casa en caballo, cuando vio entrar a un hombre en su casa. Instintivamente desenvainó su cuchillo y se tiró del caballo, corrió para tratar de atrapar al bandido antes de que le hiciera daño a su familia, encharcado y con la respiración agitada tiró de una patada la precaria puerta que tenía su rancho. Del otro lado estaba su esposa y su hijo que no entendían nada.

—¿Dónde está el hombre? —preguntó con el cuchillo en mano.

—¿Qué hombre? —preguntaron casi al unísono doña Guillermina y Marcos.

—El que entró por la puerta, yo lo vi cuando venía en el caballo y salí corriendo desesperado.

Doña Guillermina se acercó, le sacó el cuchillo y con voz suave le dijo: —viejo me parece que estás trabajando mucho, será mejor que te des un baño y te acuestes a descansar.

A la mañana siguiente don Hilario se disculpó por el episodio de la noche anterior y admitió que tal vez lo del hombre había sido producto del cansancio. Miró la puerta que se encontraba arruinada y sin decir nada se marchó con su hijo para el campo.

Doña Guillermina quedó ocupándose de los quehaceres domésticos. Entretenida en su cocina, levantó la mirada para secarse la transpiración que le provocaba el calor del horno y vio cómo a lo lejos un hombre en mangas de camisa, galera y bigotes peinados se aproximaba en dirección al árbol, de inmediato se acordó del hombre que había visto Hilario. Tomó con fuerza el cuchillo entre sus manos y comenzó a rezar un Ave María, no estaba segura si aquel individuo pertenecía al mundo de los vivos o de los muertos.

A medida que se aproximaba se parecía cada vez más al hombre de su sueño, «¿cómo podía ser posible? ¿Estaba ella quedando loca?» —pensó— sin apartarle la vista al forastero que se detuvo al llegar al árbol, la miró, se sacó el sombrero para saludarla y apuntando hacia el suelo con su dedo índice se fue desvaneciendo igual que una pompa de jabón. Doña Guillermina estaba pálida del susto no podía parar de rezar y pedirle a Dios que se llevara esa alma en pena de sus tierras.

Sin embargo, con el paso del tiempo se fueron acostumbraron a don Severino. Pasó a ser habitual verlo sentado debajo del árbol o paseando por sus tierras cuando despuntaba el alba. Así fueron transcurriendo los años y el pequeño se convirtió en un joven. Cuando sus padres decidieron mudarse para Bella Unión porque el negocio de las tierras ya no rendía, Marcos decidió marcharse con ellos. Pero antes de partir fue con su madre y le dijo:

— Mamá, dejame desenterrar el tesoro. Dicen los del pueblo que vos me tenes que autorizar para que la maldición de don Severino no caiga sobre mí, porque él te lo regalo para vos y por lo tanto vos lo podés regalar a quien quieras.

—Hijo, claro que te lo doy si lo sacas es tuyo, yo no quiero ni una moneda de ese oro.

—De acuerdo Mamá. Y salió apresurado en busca de una pala para cavar.

Pero para su sorpresa no era tan fácil hacer un hoyo con tan pocas herramientas, sin embargo, las ganas que tenía de hacerse rico eran más fuertes y siguió cavando. Cavó toda la mañana, hasta llegar a la tapa de fierro, la alegría que sintió le invadió el corazón, ese era el primer indicio de que el oro estaba ahí tal como se lo había explicado don Severino a su madre. Siguió cavando y se encontró con las raíces del árbol que con el paso de los años se habían convertido en un obstáculo para seguir con el hoyo. Ese imprevisto lo desanimó por completo, luego de pensar en varias soluciones sin éxitos, la única alternativa viable que encontró fue pedirle ayuda económica a su madre porque necesitaba una máquina para remover el árbol ya que las raíces se interponían entre él y la olla.

Ella le dejó claro que no iba a invertir ni un solo peso en contratar una máquina para retirar ese árbol de ahí y sin decir más siguió con sus tareas. Totalmente desmoralizado y sin un peso se fue con sus padres para Bella Unión dejando el tesoro donde estaba.

La vida siguió su curso Marcos se puso a trabajar, Don Hilario y Doña Guillermina se jubilaron y terminaron sus días juntos, tranquilos en ese bello lugar. Marcos se casó y nunca más volvió a recordar la anécdota del tesoro, hasta que conoció a Raúl.

Raúl era el nuevo inquilino de aquellas tierras. La posibilidad de acercarse al tesoro golpeaba otra vez a su puerta, quiso la vida que sus caminos se volvieran a cruzar convirtiéndolos en vecinos. Marcos presintió que eso no se trataba de una casualidad, sin dudas era obra del alma de don Severino quien pretendía unir su fortuna con su legítimo heredero.

Esa noche habían tomado mucho, quizás por eso tuvo valor para contarle la historia a su amigo. Aquel recuerdo había quedado socavado en su memoria debido a una promesa que le había hecho a Carolina su compañera.

En aquel pueblo los cuentos sobre fantasmas, entierros y asesinatos eran de público conocimiento. Todos teníamos un vecino, un familiar o un amigo que había sido testigo de alguna historia fantástica al menos una vez en su vida. Carolina no era la excepción de la regla.

La primera vez que Marcos le contó sobre el entierro todavía eran novios, ella se mostró un poco asustada pero no emitió comentario al respecto. A medida que se conocían mejor comenzó a darse cuenta de que aquella historia era una obsesión en la vida de Marcos y con el fin de hacerlo recapacitar sobre esa absurda idea, le hizo prometer que nunca desenterraría ese oro. Por supuesto que él se negó a prometer semejante cosa, pero Carolina no estaba dispuesta a ceder y lo dejó.

Estuvieron meses distanciados, hasta que él se dio cuenta que ella no iba a volver atrás con su pedido y aceptó su condición. No obstante, le reclamó una explicación. Esa fue la primera vez que escuchó sobre la tía Lucrecia, quién supuestamente se habría suicidado debido a una crisis nerviosa. Sus padres en cambio le habían contado otra versión de los hechos, ellos afirmaban que la causa de su muerte había sido la maldición de un entierro que ella había encontrado. En fin, ante la duda y con aquella historia familiar muy presente en su vida, se negaba a casarse con un hombre condenado a sufrir el mismo destino que su tía abuela.

Marcos era muy supersticioso y al enterarse de esa historia optó por olvidarse del oro y le prometió que no se volvería a hablar del tema.

Cumplió con su promesa hasta aquella noche… Que Raúl lo invitó a cenar a su casa.

Luego de cenar salieron a disfrutar de la brisa fresca, porque en el norte las noches como esas eran una bendición. Hablaron largo y tendido, recordaron momentos felices y de los otros también.

—Raúl, sabes que hace algunos años le hice una promesa a Carolina … si yo te cuento ¿vos no le contas a nadie?

—Claro, —contestó Raúl incorporándose— para eso estamos los amigos, contame lo que sea que yo soy una tumba.

—No sé cómo decirte esto, tampoco sé cómo te lo vayas a tomar. Pero yo siento que estoy siendo desleal contigo si no te lo cuento.

—Me estas asustando Marcos ¿no me digas que le fuiste infiel a Carolina? No… con la Mirta, yo sabía que no te ibas a resistir.

—Raúl no digas estupideces esto no tiene nada que ver con mujeres y no, no le puse los cuernos a Carolina. Esto es algo que va más allá de nuestro entendimiento ¿entendes?

—Ah la pucha, no te tenía tan filosófico amigo.

—Bueno… escucha antes de que me arrepienta, te voy a decir solo una vez y nunca más te lo repito ¿ta? porque hoy voy a romper una promesa que me puede costar mi matrimonio.

—¿A quién mataron?

—Ya no digas más pavadas y escucha. ¿Te acordas que yo te conté que de niño viví en la estancia donde vos alquilas ahora? Bueno … hay algo sobre esas tierras que nunca te dije, hay algo más…

—¿Qué? ¿Qué hay? …

—El fantasma de don Severino…

Raúl estalló en una carcajada no podía para de reír.

—¿Enserio? (sonríe) el fantasma de don Severino ….

—Yo sabía que contigo no se puede hablar en serio y menos mamao. Raúl se volvió a incorporar, entendió que no era una broma.

—Te escucho …

—Si me volves a interrumpir con cualquier pavada no te cuento nada ¿me oíste? —Raúl asiente con la cabeza. En tus tierras hay enterrado un tesoro que es custodiado por el fantasma de don Severino… Y le contó con lujos y detalles todo lo que sabía, comenzando por el sueño de su madre hasta llegar a la promesa que le había hecho a Carolina.

—Y esa es toda la historia amigo…

Por algunos minutos el silencio se apoderó de aquella cálida madrugada.

—¿Y que se supone que haga con eso? —Preguntó Raúl.

—Nada solo quería contarte, porque sentía que estaba siendo desleal con nuestra amistad.

—A ver si entendí: ¿se supone que vos me estas regalando el oro que tu madre te regaló y que a su vez se lo regaló a ella el mismísimo fantasma de don Severino?

—Así es, pero tengo una condición: si algún día decidís hacerte rico no te pido que compartas conmigo el oro, pero por lo menos haceme un regalo y sonrió. Eso sí, no se lo podés decir a Carolina porque si se entera que te conté me deja.

—Amigo, si hay oro ahí estamos ricos los dos. Tranquilo que nadie se va a enterar de esto. Tu secreto está bien guardado conmigo.

Al otro día Raúl se pasó la mañana investigando sobre lo que Marcos le había contado. Él no podría vivir con esa incertidumbre no era tan supersticiosos como su amigo por lo que no creía en la maldición, así que sin pensarlo contrató una máquina para que arrancara el árbol y excavara todo lo que fuera necesario hasta llegar al supuesto oro.

Hacía un mes que Marcos intentaba encontrar a Raúl sin ningún éxito. Su mujer le decía que andaba muy ocupado y se disculpaba una y otra vez.

Una mañana Carolina, la esposa de Marcos, lo llamó para contarle que sus amigos se habían mudado por la noche y habían puesto en venta la casa.

—¿A vos te contaron algo sobre la mudanza?
Le preguntó.

—No, estoy tan sorprendido como vos. Hace días que intento hablar con Raúl, pero no me contesta.

—Yo también traté de comunicarme con ellos, pero a mí tampoco me contestan. Empiezo a preocuparme, ¿podes volverlos a llamar?

—Claro, en cuanto sepa algo te aviso.

Marcos llamó a Raúl y nunca nadie contestó. En el vecindario no entendían porque aquella familia se había ido a la mitad de la noche como si fueran prófugos.

Sin embargo, Marcos comenzaba a intuir que la razón de aquella desaparición tenía que estar vinculada con el oro de don Severino. Se sintió defraudado, evidentemente no era su amigo. «Mejor así» —pensó. Pero como siempre en la vida, luego de una decepción hay que mirar para adelante y seguir y eso fue lo que hizo.

Hacía ya algunos años que Marcos había desistido de comunicarse con su amigo. Aquella noche el ruido del celular interrumpió su descanso, para su sorpresa era Raúl que trataba de comunicarse y en un acto casi instintivo lo atendió:

—Hola ¿Raúl? Nadie contestó. Luego de un largo silencio colgaron. Marcos tiró el celular bruscamente sobre la mesa pasándose la mano por la cabeza.
Miró a lo lejos y vio venir a su amigo, con la mirada perdida, un caminar distinto y una sonrisa que le provocó escalofríos.

—Raúl, gritó. Pero no contestó. Cuando por fin lo tuvo enfrente pudo percibir que estaba raro, distante y frío. Él lo miró fijo, directo a los ojos y comenzó a nombrarse en tercera persona, como si ya no fuera Raúl, y en medio de ese transe empezó a decir cosas extrañas:

—Raúl se atrevió a tomar lo que no le pertenecía así que tuve que ocuparme de él, vine solo para recordarte que tú no podes regalar lo que no es tuyo.

Un escalofrío volvió a recorrer su cuerpo y con un hilo de voz preguntó:

—¿Quién eres?

—Tú sabes quién soy, contestó.

—Esta es una broma de mal gusto. Quiero que me digas qué te pasa. ¿Por qué regresas después de tanto tiempo así?

—Raúl se ha ido, querido amigo, solo quiero recordarte que no me gusta que envíen forasteros a mis tierras, espero que no haya una próxima vez, de lo contrario yo me ocuparé personalmente de ti.
Se dio la vuelta y comenzó a alejarse, cuando estuvo a unos cuantos metros volvió a girar, lo saludó desde lejos y se desvaneció en la noche.

Gabriela Motta.

Montevideo.

Lectura sugerida: Sofía

 




Disfruto escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.