La vida misma

Cuando Sabrina y Julio comenzaron a sentir las ganas de ser padres iniciaron un camino de investigación, estudio e introspección que los condujo a la crianza respetuosa.

Sabían que sería un camino lleno de altibajos, pero entendieron casi de inmediato lo sanador que sería para ellos poder detenerse, mirar hacia adentro, enfrentarse a sus luces y sombras abrazándose sin culpas. Optaron por ser fieles a ellos mismos, aunque eso implica enfrentarse con lo ya establecido, porque cuando de crianza se trata parece que todos tienen la receta correcta y a los padres primerizos hasta el chofer del autobús se cree con derechos de aconsejarles.

En el proceso comenzaron a decantar y descartar muchas cosas, entendieron que solo amándose y respetándose primero podrían ser capaces de acunar por fin la crianza con apego y darle paso al amor incondicional.

Lo más difícil de su recorrido sería sin dudas contener sus niños heridos y dejarlos ir para darle paso a los adultos presentes y conscientes de su nuevo rol.

Los niños son mágicos, seres de luz, nos despiertan sentimientos de amor y ternura, pero también nos ponen en contacto directo con nuestro niño herido en el momento y el lugar menos esperado.
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Ese día Sabrina salía para el parque con su hijo de tres año, no había ni una sola nube gris en el cielo, el sol brillaba esplendoroso. Cuando se dispuso a cerrar la puerta a el pequeño se le ocurrió que quería hacerlo, ella se agachó hasta a su altura y con voz suave le explicó las razones por las cuales él todavía no podía cerrar la puerta. Fue testigo de cómo su rostro cambió ante la negativa. La miró con el ceño fruncido pidiéndole nuevamente las llaves, ella volvió a plantearle las mismas razones.

El niño comenzó a pasar por una metamorfosis emocional hasta quedar al rojo vivo, tapando por completo su cielo azul con unas enormes y cargadas nubes negras, así de repente y sin ninguna clase de aviso el día soleado se transformó. Pensó para sí mismo respirando profundamente y exhalando: «soy el adulto responsable» y lo contuvo con un abrazo.

No obstante, los gritos y el llanto continuaban cada vez más incisivos junto con el pedido de las llaves. Volvió a respirar y a exhalar mientras pensaba: «el reto aquí no es regular solo su emoción, sino regularme a mí misma para poder transmitirle tranquilidad». Sin embargo, el llanto proseguía acompañado del grito cada vez más fuerte de “quiero las llaves” y su niña herida por un momento quiso salir a su rescate, pero le habló suavemente a ella también y agradeció poder contar con el apoyo de esa mujer adulta y consciente de su nuevo rol.

Y volvió a ser testigo de otra metamorfosis gracias a su estado de tranquilidad, vio como cada vez que exhalaba las nubes negras se iban alejando dándole nuevamente paso a los rayos del sol.

Cuando por fin toda señal de tormenta se había borrado de su cielo logró dialogar con su pequeño, quién le volvió a repetir que era lo suficientemente grande para cerrar la puerta, ella volvió a explicarle que la puerta era muy alta y pesada para ser manipulada por él. Y fue en ese preciso momento que llegaron a un acuerdo: cuando él tuviera la altura y la edad adecuado para poder sostener la puerta sería el encargado de abrirla y cerrarla todos los días.

Lo abrazó y se abrazó sintiéndose exitosa, sabía que el camino no sería fácil, sabía que las nubes grises volverían, pero se sintió orgullosa de haber mantenido la calma en medio de la tormenta.

Y más consciente que nunca abrazo a la crianza respetuosa como el mayor desafío de su vida. En su familia la cadena de malos tratos había sido rota. Juntos comenzaron a construir una nueva cadena que sería indestructible porque sus eslabones estaban hechos de puro amor incondicional.

Gabriela Motta.
25/10/2018
Montevideo

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Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.