vejez

M

irta y Juan llevaban toda una vida juntos, 40 años de casados, dos hijos y un nieto. Pero comenzaban a incursionar en una edad que les era difícil de transitar. Les costaba reconocerse con esas arrugas en el rostro, el cabello teñido de gris y sus cuerpos que estrenaba achaques que no les permitían obviar el paso del tiempo.

Juan, muy a menudo, utilizaba el humor como herramienta para digerir esta nueva etapa:

—Vieja, —le decía— te diste cuenta que ya entramos al grupo de la tercera edad. Y se reía a carcajadas, era su forma de sacar sus preocupaciones hacia afuera.

—Bueno, nos dicen de la tercera edad, para no llamarnos viejos de m… Así remataba invariablemente su comentario. Mirta siempre tenía la misma respuesta:

—viejos son los trapos. Se daba vuelta y seguía con lo que estaba haciendo.

Cierto día, recibieron una invitación para participar del baile de jubilados del pueblo, dudaron si debían concurrir, pero después de hablarlo mucho, decidieron ir. Se vistieron con sus mejores prendas, y por algunas horas olvidaron su edad biológica, dejándose llevar por el entusiasmo que les generaba la idea de salir a divertirse juntos en la noche, cómo hacía años no lo hacían.

—Vieja, podríamos empezar a salir más seguido. Comentó Juan animado, el baile le había renovado el ánimo, y las ganas de vivir sin pensar en la edad.

—No te confundas Juan, a nuestra edad, este no es un lujo que podamos darnos siempre, disfrutemos la noche. Le contestó bruscamente y en seco Mirta, haciéndolo aterrizar de la nube en la que estaba sumergido. Se tomaron de la mano y salieron en dirección al coche, Mirta suspiró preocupada. Pero en los ojos de Juan se podía ver el brillo de aquella juventud olvidada, brillo que ahora se veía embellecido con la experiencia de los años.

Bailaron. Bebieron. Volvieron a bailar. Se encontraron con conocidos del pueblo, y ya pasada la media noche, decidieron comenzar el viaje de vuelta a casa, a sus rutinas y a sus vidas. Se subieron al coche y la alegría que horas antes irradiaban sus ojos ya no estaba, un silencio los acompaño durante el recorrido de regreso.

—Vieja, que cantidad de viejos, había en ese baile.

—Viste Juan, yo noté lo mismo y no quise decir nada.

—Vieja, seamos realista, era un baile para jubilados, ¿Qué esperábamos?

—Sí, sí, ya lo sé, pero es solo que … (se miró fijo al espejo) Él interrumpe su silencio.

—Si es sólo que … cuando estamos solos, tú y yo, no somos conscientes del paso del tiempo, pero en ese contexto, rodeados de personas de nuestra misma edad, me he sentido más viejo.

—Juan a mí me ha pasado igual, creo que no fue una buena idea la del baile.

—Vieja, será mejor que busquemos otra actividad.

Juan se aproxima, la abraza fuerte por la espalda, y se quedan mirando en silencio el reflejo que les devuelve el espejo, el reflejo de una imagen nueva y conocida a la vez, ese reflejo que paradójicamente les hace saber que a pesar de los años aún siguen vivos.

Gabriela Motta.
23/05/2018.
Montevideo.
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Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.