ra una noche sin luna, en mi habitación reinaba el silencio y la oscuridad. Me fui a dormir sola como de costumbre, mamá me leyó un cuento, papá me arropó, luego se marcharon despidiéndome con un beso de buenas noches y apagaron la luz.

Apoyé mi cabeza sobre la almohada, cerré mis ojos y a lo lejos escuché el crujir de una puerta, de inmediato oí unos pequeños pasos que sigilosamente se aproximaban hasta mi habitación. No era la primera noche que los escuchaba, pero si era la primera vez que entraba en mi cuarto.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, el miedo me paralizó, lo único que podía hacer mientras apretaba los ojos era taparme la cabeza con las sábanas —por mis pensamientos daban vueltas miles de historias, pero no podía, aunque lo intentara con todas mis fuerzas dejar de pensar en el relato diabólico de los espíritus nocturnos que me habían contado esa tarde en la escuela. Con seguridad uno de ellos había venido a visitarme.

Permanecí inmóvil, pero eso no impidió que el espíritu saltara sobre mi cama y caminara sobre mis pies, podía sentir como sus garras arañaban mis pequeños dedos. En ese preciso momento mi cuerpo comenzó a temblar, trataba de contener el temblor de mis dientes para no hacer ruido, no obstante era imposible ya no dominaba mis acciones.

Luego de un rato todo volvió a la normalidad. «Creo que se ha ido» —pensé. Sin embargo, al querer incorporarme sentí sobre mi cabeza su respiración gélida, acechándome cual buitre esperando la muerte de su presa. Apreté mis dientes y lloré.

Al escuchar mi llanto saltó rápidamente al suelo y yo me destapé para salir corriendo a la habitación de mis padres, pero me lo impidió su funesta silueta era gigante y tenebrosa, en medio de las penumbras lo único que brillaba eran esos enormes ojos amarillos que me miraban fijamente.

No sé cómo, pero grité, grité con todas mis fuerzas y en unos minutos la oscuridad fue eliminada por mis padres, quienes acudieron rápidamente a mi llamado dejando en evidencia al espíritu maligno que ante aquel caos había quedado acurrucado detrás de la puerta.

Gabriela Motta.
Montevideo
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Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.