Poderes


Poderes

 Yo, no tengo poderes, pero él ¡vaya que sí los tiene!

Cada mañana esperaba mí encuentro fortuito con él, la vida nos hacía coincidir en la misma parada, a la misma hora y en el mismo autobús. Lo miraba y pensaba: «él tiene superpoderes». Yo en esa parada muerta de sueño, y él tan lleno de vida. Lo veía venir y el humor me cambiaba, me sentía ingrata, egoísta con la vida sintiéndome mal y quejosa a su lado. Él sí tenía motivos para quejarse, pero sin embargo no lo hacía.

Día tras día puntualmente nos encontrábamos, al principio, éramos dos extraños, pero con el paso de los meses pasamos a saludarnos. Siempre advertía antes que yo la llegada de nuestro ómnibus; ¿Ese es el 116? —preguntaba— con la humildad de saber que sí lo era. Yo en cambio, simple mortal, hacía mi mejor esfuerzo para no quedarme dormida y fijando mi vista en aquel cartel luminoso, en una lucha desleal por ganarle al sueño, le contestaba que sí (no sé cómo hacía, pero nunca se equivocaba).

Subía al autobús y se sentaba en el asiento para lisiados. Yo lo miraba y pensaba, este hombre tiene superpoderes, el sólo hecho de verlo desplazarse con su bastón era digno de aplausos, pero además, identificaba el autobús solo por su sonido (algo inimaginable para mis sentidos adormecidos), sabía por su tacto donde estaba cada cosa y cada lugar, discúlpenme, pero eso no lo hace cualquiera. Un día lo vi extraer un libro en braille, fue fascinante observar cómo su rostro se transformaba al pasar sus dedos por esos puntos, que para mí carecían de comprensión, pero a él, le brindaba un placer único y nos regalaba a todos los pasajeros del 116 una sonrisa que tenía el poder de iluminar hasta el día más nublado.




 Una mañana de abril sabiendo que ese sería mi último viaje me acerqué y le dije:

—¡Hola!

—Hola señora, me contestó.

Sorprendida le pregunté: —¿Usted identifica mi vos?

—Señora todas las mañanas la encuentro en esta misma parada.

—Claro —dije— pero la verdad, es que no pedía salir de mi asombro. Como bien usted lo ha dicho cada mañana nos encontramos y nos saludamos, sin embargo nunca le dije mi nombre ni usted el suyo. Y cómo esta será la última vez que nos encontremos, porque felizmente cambio de trabajo, me gustaría despedirme y saber cómo se llama, ¿si fuera posible?

—Por supuesto, fue un gusto conocerla, mi nombre es Clark.

—Clark Kent bromeé yo;

Sí —contestó él— pero sin los superpoderes.

Aproximándose a mi cara me preguntó: ¿puedo? —Claro, contesté nerviosa, pues no estaba acostumbrada a que me palparan el rostro como forma de presentación. Colocó sus dos manos sobre mi frente y comenzó a tocarme lentamente, luego deslizó por mi nariz sus dedos pulgares y casi de inmediato extendió delicadamente sus otros dedos junto con las palmas de sus manos. Después, subió hasta mis ojos qué estaban cerrados y se detuvo, ojos negros —dijo— sabe que me lo imaginaba; muy rápido y manteniendo cierta distancia tocó mis labios. Luego palpó mi cabello, mis orejas y llegó hasta mis hombros donde se detuvo y me dijo: —¿puede usted decirme el suyo?

—¿El mío? —Pregunte despistada—, sí, su nombre.

—Ah claro, mi nombre, es Luisa.

—Un gusto conocerla Luisa, y suerte en su nuevo trabajo.

—Gracias Clark.

—A propósito —dijo— soy Clark Williams.

—Déjeme decirle Clark: usted sí tiene superpoderes.

El sonido del 116 llegando a la parada interrumpe bruscamente nuestro diálogo, nos subimos al autobús como todas las mañanas y cada uno siguió su camino.

Gabriela Motta
22/03/18
Montevideo
Lectura sugerida: Vueltas de la vida



Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.