Relatos cortos

EL CJ

 

Luego de una sangrienta lucha entre cárteles, el nuevo jefe de la zona era José Ramírez apodado por todos como el CJ. Hombre rudo, de mirada firme, compostura robusta, inescrupuloso, avaro; hombre de acción y de poquísimas palabras. Temido por su forma de actuar y su solidez en el momento de ejecutar órdenes, no le temblaba la voz si el mandado era ordenar matar y mucho menos el pulso cuando tenía que llevarlo a cabo él mismo. Sabía cómo y con quién hablar para sacarse del camino a todo aquel que perjudicara sus planes. Últimamente sus enemigos se habían multiplicado, eso lejos de preocuparle lo enorgullecía.  

No obstante, por detrás de esa coraza oscura el CJ era un hombre de sentimientos encontrados. Llevaba una lucha interna entre sus deseos de poseer el poder y hacer las cosas dentro de la ley __ constante paradoja en su vida__. Él sabía que no se podía estar bien con Dios y el diablo, pero en el momento de poner en una balanza los beneficios de uno y otro, era el diablo quien siempre le daba más recompensas.  

Su vida era el reflejo de esa dualidad. Por las noches se encargaba de idear los planes de atracos más importantes del pueblo, se ocupaba de informar cuando el lugar iba a estar con la guardia baja y cuando no, conocía perfectamente con cuales policías se podía contar, cuales eran corrompibles y cuales no se podían extorsionar. Ordenaba la distribución de drogas en las bocas y mandaba mensajeros para mantener en alerta a los ¨perros¨, sobre posibles denuncias y operativos de policías encubiertos; en su zona nadie caía de sorpresa ni siquiera la policía, se jactaba asiduamente con voz muy alta para que todos escucharan. Él sabía perfectamente cada uno de los movimientos y controlaba a cada persona, con su poder había doblegado a muchos políticos importantes que le permitían disponer de la zona e inclusive de la vida de las personas de aquel lugar.  

Pero cuando el sol despuntaba, el CJ se escondía en su cajón oscuro y húmedo cual vampiro, saciado por chupar la sangre de sus víctimas inocentes que yacían solas en el olvido, para convertirse en el Comisario José Ramírez, hombre de ley, con familia e hijos; En la oficina siempre se lo veía pegado al teléfono e inmiscuido en sus tareas, se murmuraba que sus ojeras se debían por llevar el trabajo duro a casa. Su esposa era testigo de cómo pasaba las noches en velas patrullando el pueblo, para llegar con el alba, dormir unas pocas horas y salir nuevamente a cumplir con el deber. Ciudadano ejemplar si los hay, musitaban en el pueblo. Sin embargo, solo el comisario José Ramírez sabía el embrollo de sentimientos encontrados que llevaba en su interior y lo duro que era mantener la excelencia en todo lo que hacía.  

Gabriela Motta.
Montevideo
06/06/2018

Lectura sugerida: Il postino

 




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.