Recuerdo aquel fatídico día, comenzó con la entrega de aquella condenada prueba. Yo estaba desmoralizado, no había leído ni la tapa del libro y me invadía todos los arrepentimientos: ¿por qué no había estudiado?  pero ya era muy tarde para los lamentos, así que «a lo hecho pecho».  Me senté lápiz en mano y comencé con los ejercicios prácticos, en esta primera parte me iría bien porque siempre fui muy bueno para los números y los cálculos, mi problema radicaba en la parte teórica, pero faltaba un largo trecho hasta llegar a ella, así que no me preocupé. 

Sin embargo, después de algunas horas al darme cuenta que terminaba la práctica comenzaron mis preocupaciones, ¿cómo me las arreglaría para salvar sin haber estudiado?  terminé la prueba y la entregué al director de mesa, esperé afuera, cuando habían terminado de corregirla, se aproximó y me dijo: –Rodríguez: la parte teórica consiste en dos preguntas muy sencillas si logra contestar y argumentar ambas correctamente queda usted aprobado. 

Tomé entre mis manos aquella hoja y realmente no quería leerla, sabía que no sabía, pero había que hacerle frente a la situación, de este modo y con el afán de salir lo antes posible de esto comencé con la lectura y así en seco y sin anestesia me di de frente con mi dura realidad de estudiante poco aplicado:
 
1- ¿Cuál es la finalidad esencial de la contabilidad? 
 
Efectivamente no había leído ningún autor que me aportara una definición digna de aprobación (era obvia la pregunta, teniendo en cuenta que estaba en la carrera de administración), así que tocó hacer uso del sentido común sacar la guitarra y comenzar a pallar.  

Bien -dije- hasta aquí tengo posibilidades. Y continué:  

2-Defina el fenómeno de la depreciación. 

Vaya, vaya -pensé- es ahora cuando comienza mi problema ¿cómo salgo de esta? Aquí no hay sentido común que me salve. 

Era una definición muy específica como para sacar nuevamente mi guitarra, así que razoné:  

– Hasta aquí llegué. «Tanto remar para morir en la orilla». 

Reflexioné, medité, me concentré, pero no se me venía nada a la mente, faltando algunos minutos para entregar la prueba me dije a mí mismo vamos «no está muerto quien pelea», tomé mi lápiz y escribí, no sé bien que … pero escribí. 

Entregué el examen (creyéndome terrible vivo y con la ilusión de ser aprobado) y espere en el pasillo correspondiente, al cabo de alguno minutos salió el docente con cara de pocos amigos y me invitó de forma elocuente y concisa a pasar nuevamente al salón. 

Rodríguez: -me dijo – ¿le parece divertido tomarnos el pelo de esta forma?  

Yo:  en un intento desesperado de salir airoso de esta situación conteste:

 –¡Claro que no! 

Entonces: explíquenos racionalmente su respuesta número dos. 

Y en vos alta comenzó a leerla con el fin de ponerme en evidencia: “El fenómeno de la depreciación es un fenómeno increíble”. 

Pero para mí sorpresa al terminar de leer no pudo contener la carcajada, contagiando a sus demás colegas que hacían un esfuerzo sobrehumano para no reír. Yo absorto no sabía qué hacer, no me quedaba claro si era bueno o malo lo que estaba sucediendo. Así que permanecí callado, con cara de póker(por las dudas). 

Recomponiéndose y haciendo su mejor esfuerzo para permanecer serio me dijo: 

-Es una pena Rodríguez, pero debo informarle que, con esta respuesta disparatada y absurda, quedó muy claro para la mesa evaluadora que usted no estudio absolutamente nada y como no podía ser de otra manera queda usted reprobado. Sin embargo, lo que si le puedo garantizar es que a partir de ahora será recordado como «un fenómeno increíble», porque permítame decirle que en mis años de docencia jamás me habían presentado semejante respuesta y sonriéndome amigablemente me invitó a retirarme. 

Salí con el gusto amargo de haber perdido el examen y con la certeza de que para el próximo iba a leer cada una de esas definiciones, había aprendido la lección. 

Pero si le queremos buscar el lado cómico a todo este embrollo, les puedo decir que hace unos días me encontré (cuando retornaba del instituto en el que dicto clases de contabilidad) con un colega que me aseguró, que todavía hoy el docente se acuerda de mí cuando tiene que enseñar por primera vez en un grupo el concepto de la depreciación, sonríe y evoca mi memoria como anécdota para las nuevas generaciones, nunca falta el curioso que quiere saber quién lo dijo, pero me ha asegurado que el profesor jamás develo mi identidad, cada vez que alguien le pregunta su respuesta siempre es la misma: «se dice el pecado, no el pecador» (yo agradecido de por vida por su ética profesional). Pero con ese bochornoso hecho y sin quererlo pase a formar parte de la historia colectiva del instituto, no por destacado sino por atolondrado.  

 

Nota: La depreciación: es el mecanismo mediante el cual se reconoce el desgaste que sufre un bien por el uso que se haga de él (Extraído de: Wikipedia). «El zorro pierde el pelo, pero no las mañas.» 

Gabriela Motta 
Montevideo, 18/01/2018 
Lectura sugerida: La carta




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.