nave

Huyendo de la miseria se embarcaron con el dinero justo para colaborar en la casa de su hermana mientras encontraba un trabajo y un lugar para quedarse. Pietro había enviudado hacía tres años quedándose a cargo de dos hijos varones que venían a bordo con él. Aquel viaje era el infierno, sabía que sería duro, sin embargo, no había podido imaginar ni en sus peores pesadillas aquel horror.

El barco estaba dividido por sectores y a ellos les había tocado los camarotes más baratos, ahí se veía y se oía de todo. La miseria humana se sentía latente en cada pedazo de pan compartido y en el olor de aquello cuerpos envueltos en mugre y miedo. Escaseaba la comida, la higiene y las enfermedades día a día iban en aumento. Muchos no lograban sobrevivir.

Pietro hacía ya algunos días que había comenzado a transpirar sin causa aparente, sentía como su corazón latía más rápido acompañado de una puntada en el pecho. Se sentía constantemente nervioso y a esto se le sumaba el no poder conciliar el sueño. De alguna manera no era tan malo ya que le permitía vigilar a sus hijos.

Una noche de insomnio se encontró con Giuseppa vomitando a un costado de ellos.

—Señora tenga más cuidado va a salpicar a los niños —le dijo bastante molesto incorporándose para hablarle de cerca, al ponerse de pie pudo ver su incipiente vientre que denotaba un embarazo ya a término. La observó con compasión y para disculparse por su grosería se ofreció en traer a su marido para que la viniera a auxiliar. Ella le agradeció, pero él insistió. Giuseppa con una mirada fría le dijo: —él se murió anoche lo arrojaron esta mañana al mar. Aquellas palabras generaron un incómodo silencio, que fue interrumpido por el malestar de la mujer.

—Déjeme ayudarla, le dijo él, acercándole un pañuelo que alguna vez había sido limpio, ahora era solo un pedazo de trapo roto y sucio, pero que servía como ayuda.

—Gracias, le dijo ella, explicándole que desde el mediodía no comía, esa era la principal causa de su malestar. Él buscó entre sus pertenencias un trozo de pan que les había sobrado de la cena y se lo ofreció junto con un poco de agua. Ella acepto otra vez agradecida, sabiendo que le quitaba parte de la comida a aquellos niños.

—Ya falta poco —le dijo él.

—Espero que se aguante —contestó ella.

—Disculpe, me refería a nuestra llegada al puerto. Ella sonrió desencajada.

—La espera algún familiar?

—No, somo solo yo y el bebé, no hay nadie más. Y se mantuvo en silencio el resto de la noche.

A la mañana siguiente cuando despertó se encontró con Pietro exhausto a su lado, los niños aún dormían.

—Debe descansar, le dijo, yo vigilo a sus hijos. Pero él estaba cada vez más nervioso, el dormir era un lujo que no podía permitirse en ese lugar.

—Y a usted lo espera alguien, le preguntó ella intentado entablar un diálogo.

—Si me espera mi hermana, su marido y mis sobrinos.

—Qué suerte la suya y volvió a quedar en silencio.

Los días pasaron y de repente a lo lejos comenzaron avistar gaviotas, señal de que el puerto estaba cerca.

—Qué nervios —le dijo ella.

—Qué alegría —contestó él. Poder llegar con vida es una bendición. Permítame ayudarla Giuseppa, pero no me mal interprete, si usted acepta será bienvenida por un tiempo en la casa de mi hermana.

Ella asintió con la mirada, mientras estallaba en un llanto de alivió. Bajaron los cuatro juntos compartiendo los mismos miedos y nervios de haber dejado atrás sus vidas para comenzar una nueva en tierras desconocidas.

Muchos años después ellos se convirtieron en mis abuelos.

Recuerdo que cada vez que contemplábamos el océano sus miradas se clavaban en el infinito horizonte, seguramente recordaban a los que quedaron atrás y si de casualidad avistaban un barco sus ojos se llenaban de lágrimas y mi abuelo siempre decía:

—Son lágrimas de alegría porque fue una bendición haber llegado con vida hasta acá.

Gabriela Motta.
22/08/2019
Montevideo

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Disfruto escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.