Desde esa cruz con su capillita, a la orilla del camino que lleva hacia el volcán que da nombre a mi comarca, Xinantécatl, trato de mencionar a todos los que pasan que los restos macilentos bajo este monumento de madera fueron alguna vez de un vivo con sueños.  Era albañil y en lugares bien distantes de su casa,  dominaba esa lejanía montado en su bicicleta que fue pagando en abonos, según le fuese, en los días de raya. Siempre que podía estaba con sus hijos y con su anciana madre que vivía con ellos en esa modesta casa de varas de maíz secas, otrora portadoras de grano en forma de elotes y viva elocuencia de la alimentación, por hoy quebradizas y faltas de humedad. Ciclo anual de este alimento que cumplía su periodo bajo las manos de este joven hombre. La casa se completaba con aislantes hojas de maguey, que además cumplían las labores de apoyo contra los vientos a esas endebles paredes de varas de maíz y lodo que las consolidaba. Las ventanas, meros huecos entre esas paredes de franca artesanía por el entretejido de las hojas de maíz y de maguey, permitían el paso de la luz a través de plásticos llamados nylon que dejaba difuminadas las escenas del exterior de esta casucha. Ese día se despidió de todos en su casa, entusiasmado, tocaba raya, así que pasó a trepar cual caballero andante su siempre inmaculada bicicleta para pedalear a su trabajo. El cíclico mover ascendiendo y descendiendo de sus pies y sus piernas, endurecidas por este diario ejercicio y la fuerza que reclamaban sus labores, a veces le permitían distraerse en múltiples pensamientos sobre todo por la esperanza de una vida mejor cuando el impacto de un vehículo le cortó la vida. Desde entonces la cruz lleva su nombre, Ruperto, y pasó a ser el muerto el que trata de que su espíritu haga saber de sus emociones contenidas, ahogadas en sangre y de sus ambiciones frustradas por los tronidazos de sus huesos rotos.

Autor: Adrián Escandón y Flores, Estado de México.

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