Té con dulces

Cada mañana la habitación de Clara era invadida por un aroma único que solo las galletas de chocolate recién horneadas podían proporcionar. Era una dulce rutina, el aroma daba la señal de que la primera tanda de galletas había salido del horno, así que debía apresurarse para poder verla cortar la segunda serie. Eran exactamente veinte galletas diarias, divididas en grupos de a diez. El perfume era su despertador, al olerlas se tiraba de la cama y corría, todavía en piyama, para la cocina donde se encontraba su abuela preparando invariablemente todos los días la misma receta. Observaba como ella amasaba y recortaba cada galleta con tanto amor, usaba siempre una pequeña taza de té para que fueran todas del mismo tamaño, era la medida justa, Clara contemplaba cómo no se le escapaba detalle, todo era perfecto, la belleza de la cocina iluminada por el sol matinal fusionada al aroma de las galletas hacía que aquel ritual se convirtiera en algo mágico.

  Esa mañana le pidió a la abuela que la dejara cortar las galletas; consideraba ser lo suficientemente grande para hacerlo.

—Tienes razón —le dijo—, te prometo que mañana la última serie te la dejo cortar a ti.

El rostro de Clara se ilumino con una sonrisa que dejaba al descubierto sus pequeñas mejillas rosadas, ruborizadas por el calor del horno y la emoción que le generaba semejante promesa.

—Mañana aquí estaré abuela, lista para la segunda tanda.

Luego de horneadas, dejaban enfriar las galletas en la ventana y las guardaban para la tarde. Momento en que otro ritual comenzaba, la hora del té con dulces. Era su segundo momento favorito del día, ese aroma a hierbas frescas recién cortadas, con una mezcla de chocolate y amor, porque el amor se olía y percibía en cada rincón de aquella habitación. Alrededor de las cinco de la tarde llegaban las amigas de su abuela con bolsas repletas de dulces y cosas ricas para acompañar sus largas charlas, Clara era una invitada más, que permanecía junto a ellas hasta que saciaba su apetito por los dulces, luego se retiraba a jugar. Cuando ella se iba su abuela siempre repetía lo mismo:

—Clara ama estas galletas de chocolate, las hago solo para ser testigo de su carita de alegría cuando despierta y las ve. Si existe el paraíso huele a galletas de chocolates recién horneadas —y reía.

A la mañana siguiente, Clara salió corriendo de su cama, no había podido pegar un ojo en toda la noche, por fin era lo suficientemente mayor para ayudar a la abuela. Al levantarse notó que su habitación no olía a galletas, «seguramente la ansiedad me hizo despertar antes de tiempo», pensó. Corrió a la cocina y no estaba la abuela, por primera vez en años la cocina no olía a galletas recién horneadas, eso la desconcertó.
—¿Dónde está la abuela? —se preguntó.

Corrió hasta la habitación de su madre para buscar alguna explicación. Al abrir la puerta se encontró con su mamá llorando abrazada a la ropa de su abuela. A pesar de su corta edad pudo darse cuenta de que algo andaba muy mal.

—Mamá, ¿dónde está la abuela? —volvió a preguntar, esta vez con menos énfasis, con sus pequeños ojos desorbitados.

—Ven Clara, siéntate a mi lado —le dijo con voz suave. Tengo que decirte algo muy triste. La abuela. Clara, la abuela ya no está con nosotros.

Madre e hija se fundieron en un abrazo sin decir palabras, Clara en ese momento no lograba entender la complejidad de la situación, pero algo era evidente, la abuela y el olor a galletas recién horneadas se habían ido para siempre.

Gabriela Motta.
Montevideo.
11-09-18
Más lecturas en: Me hago mayor.




Disfruto de escribir porque me permite expandir mi imaginación haciéndome sentir libre.