Aparece por el final de la calle, alto, pelilargo, con algunos inviernos sobre sus hombros.
De ojos hundidos cabizbajo, mirando de reojo a ambos lados de la vereda.
Camina como contando baldosas, se detiene, mira alrededor y vuelve a su andar despacio, como si sumara un paso tras otro.
Su traje varios talles más grande, cubre su cuerpo, de manera sus manos quedan casi escondidas al final de las mangas.
Un pantalón de color del tiempo sujeto por una piola anudada, completa su vestimenta, mostrando sus tobillos sucios y flacos.
Los zapatos grandes dificultan su andar, parecen querer caminar solos por la vereda.
No se sabe de donde viene, pero sí adonde va.
Llega hasta el final de la calle que se esfuma en una plazoleta con un cuidado césped, cuatro bancos verdes lustrosos y varias hamacas multicolores, que forman parte del decorado barrial.
Cuando llega allí, una simulada sonrisa, casi una mueca mueve sus labios.
Lento, da una vuelta a la plazoleta y se sienta en uno de los bancos extendiendo sus brazos hacia atrás, para alargarlos sobre el respaldo.
Es ahí, cuando su rostro parece distinto, se transfigura, sus ojos se vuelven brillantes, desaparece el tiempo de su rostro.
Los años cargados, se tornan livianos, piensa quizás en la etapa mejor de su vida, la niñez, que recuerda en el escenario adecuado.
¡Vaya a saber que pensamientos se agolpan en su mente!
Parece feliz en ese momento, porque muy quedo tararea una canción desconocida, sin época, ni ritmo.
Al final, recoge sus brazos, pasa una mano sobre la frente marcada por los surcos del tiempo, retornando a su rostro la tristeza.
Así un día tras otro, como un rito.
Se levanta muy despacio y se pierde en la semi penumbra del atardecer.

MAGDALENA VENTURIELLO LAGO.

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